Desde su facha­da has­ta cada deta­lle, la casa de la fami­lia Rodri­guez res­pi­ra arte. Sobre la puer­ta que da al exte­rior, nos da la bien­ve­ni­da un bajo relie­ve que ya anun­cia lo que encon­tra­re­mos en el inte­rior: una gale­ría de arte a la medi­da de sus habi­tan­tes. Un gato blan­co y gris sube las esca­le­ras silen­cio­sa­men­te y es tal la paz del hogar que ima­gi­na­mos el imper­cep­ti­ble soni­do de sus pati­tas sobre la már­mol mien­tras ascien­de y se pasea com­bi­nan­do per­fec­ta­men­te con las escul­tu­ras a su alre­de­dor.

Los anfi­trio­nes nos invi­tan a aco­mo­dar­nos en el sillón del living coro­na­do por una lám­pa­ra de techo de gran mag­ni­tud. Nos rodean varios cua­dros, flo­re­ros y ador­nos, todos de esti­lo clá­si­co. Ellos mis­mos, arre­gla­dos para la oca­sión, son la estam­pa de una esté­ti­ca, una gene­ra­ción y una mane­ra de vivir: la de una pare­ja pro­fe­sio­nal, cul­ta y de mun­do. Sin dejar de lado la cali­dez y ama­bi­li­dad, comien­za nues­tra char­la, que se des­via­rá muchos más allá del hilo de la entre­vis­ta, para  per­der­se por los recuer­dos y obje­tos más pre­cia­dos de Car­los, los cua­les com­par­te abier­ta­men­te.

Foto: Facun­do Perez Perk­man

¿Cómo sur­gió la idea de crear una cine­ma­te­ca?

Yo siem­pre he teni­do una atrac­ción por la músi­ca, por la lite­ra­tu­ra, por el cine -des­de lue­go- y, sobre todo, por los espec­tácu­los en vivo. Pero ya ten­go 77 años y, cuan­do sal­go de mi casa, ten­go que pen­sar “¿dón­de voy a dejar el auto?”; si quie­ro ir al tea­tro Inde­pen­den­cia ten­go que atra­ve­sar con mi espo­sa la pla­za y ¡no lle­go! (ríe en com­pli­ci­dad con su mujer).

Enton­ces, este pro­yec­to sur­gió como una for­ma de tener el arte más al alcan­ce.

Cla­ro. Pero, ade­más, yo tenía muchas pelí­cu­las que iba colec­cio­nan­do, mate­rial que com­pra­ba o pedía en el exte­rior. Lle­gué a tener tal can­ti­dad que me era posi­ble repro­du­cir, duran­te todo un año, una pelí­cu­la por día sin repe­tir. Y noté que acá en Dal­vian vivía mucha gen­te ya jubi­la­da, sexa­ge­na­ria, etc., para quie­nes los domin­gos se hacían interminables…y si el lunes era feria­do, ¡peor! (risas). A eso se suma­ba que, si uno que­ría ir al cine, tenía que pen­sar a cuál de todos ir, salir con una hora de anti­ci­pa­ción, hacer colas y todo para ver pelí­cu­las de fan­tas­mas, robots, dino­sau­rios, extra­te­rres­tres, o cosas para chi­cos… Un mun­do nue­vo. Las his­to­rias inti­mis­tas de otro tiem­po no se daban, o lle­ga­ban pocas.

Allí sur­gió la nece­si­dad de crear algo dife­ren­te…

Así es. Hace dos o tres años se me ocu­rrió armar un cine en el res­tau­ran­te Sofía y gra­cias a Jor­ge Alma (NDR: due­ño de la fran­qui­cia) fue posi­ble. Siem­pre me gus­tó com­par­tir el mate­rial artís­ti­co que poseía. Es que, de lo con­tra­rio, colec­cio­nar pie­zas artís­ti­cas se con­vier­te en una fies­ta soli­ta­ria y la vida no debe ser soli­ta­ria. Tra­té de dar vuel­ta la cosa: que no fue­ra un fas­ti­dio la lle­ga­da del domin­go, sino que la gen­te espe­ra­ra el domin­go para poder ir al cine.

Si uno que­ría ir al cine, tenía que pen­sar a cuál de todos ir, salir con una hora de anti­ci­pa­ción, hacer colas y todo para ver pelí­cu­las de fan­tas­mas, robots, dino­sau­rios, extra­te­rres­tres, o cosas para chi­cos… Un mun­do nue­vo. Las his­to­rias inti­mis­tas de otro tiem­po no se daban, o lle­ga­ban pocas.

Cuén­te­me algún recuer­do valio­so de esa épo­ca.

Me suce­die­ron cosas que real­men­te me recon­for­ta­ron. En una oca­sión, un día de mucho frío, salie­ron del cine dos seño­ras mayo­res. Yo me acer­qué a pre­gun­tar­les si que­rían que las acer­ca­ra a sus casas y me res­pon­die­ron: “Vivi­mos enfren­te, gra­cias”. ¿Sabés lo que es tener el cine cru­zan­do la calle? Sen­tí una gran satis­fac­ción de que la gen­te pudie­ra dis­fru­tar de la acti­vi­dad tan cómo­da­men­te. Otra seño­ra me dijo un día, en pri­va­do: “Yo le voy a con­tar lo que suce­día antes: los domin­gos no sabía qué hacer, enton­ces me iba en remis al casino y allí esta­ba toda la tar­de. A las 21 de la noche, pasa­ba a bus­car­me de vuel­ta. Ya no voy más ahí, ven­go al cine”. Ima­gi­nen, para mí es una recom­pen­sa eso.

Foto: Facun­do Perez Perk­man

¿Cuán­to duró este cine?

Esto fue duran­te el 2015 y 2016. Lue­go nos tras­la­da­mos a la casa de la vice­cón­sul de Bra­sil, que ofre­ció su domi­ci­lio. Estoy muy agra­de­ci­do con ella y con todos los que ayu­da­ron, como Darío Orlins­ki, exper­to en tec­no­lo­gía. Fue él quien pre­pa­ró la sala, hizo las ade­cua­cio­nes y me ayu­da­ba cada vez que lo lla­ma­ba: para oscu­re­cer el ambien­te, para acla­rar­lo, para que la pro­yec­ción fue­ra bue­na… Yo solo no lo podría haber hecho. Yo invi­ta­ba al públi­co y pro­po­nía el mate­rial que se veía, pero el sopor­te téc­ni­co no lo tenía. Aho­ra nos reuni­mos aquí en casa y vemos series o pelí­cu­las. Tam­bién inter­cam­bia­mos libros u opi­nio­nes y reco­men­da­cio­nes. Gene­ral­men­te com­par­ti­mos un té y, a con­ti­nua­ción, hago la pre­sen­ta­ción de lo que esta­mos por ver o algu­na refle­xión de la pelí­cu­la de la sema­na ante­rior.

¿Siem­pre ha esta­do conec­ta­do al arte?

Sí. A pesar de que estu­dié dere­cho, simul­tá­nea­men­te me nutría de otros cono­ci­mien­tos. Mi épo­ca de estu­dian­te uni­ver­si­ta­rio trans­cu­rrió duran­te los años 60, que fue una déca­da en que la se die­ron muchos acon­te­ci­mien­tos impor­tan­tes: apa­re­cie­ron los Beatles; fue el Con­ci­lio Vati­cano II; el Mayo Fran­cés en el 68; la muer­te del Che Gue­va­ra; la revuel­ta estu­dian­til mexi­ca­na; la caí­da de Illia en el 66; se publi­ca­ron “Sobre héroes y tum­bas” y “Rayue­la”; lle­gó la lite­ra­tu­ra exis­ten­cial fran­ce­sa… Los 60 fue­ron años muy con­vul­sio­na­dos y uno se veía inmer­so en todo esto. Eran tiem­pos estre­me­ce­do­res.

¿Cuál es el cri­te­rio de la selec­ción de pelí­cu­las?

En la colec­ción hay de todo: des­de his­tó­ri­cas como La Gue­rra y La Paz, basa­da en la nove­la de Tols­tói; bio­gra­fías; mucho cine ita­liano de pos­gue­rra; neo­rrea­lis­mo itá­li­co, como el del direc­tor Luchino Vis­con­ti en “Muer­te en Vene­cia”, adap­ta­ción del clá­si­co de Tho­mas Mann; otros títu­los inol­vi­da­bles como “El gato par­do”, “El padrino”. Colec­ciono cine que con­si­de­ro de mucha cate­go­ría, y gran par­te del mis­mo deri­va de gran­des obras lite­ra­rias.

¿Algu­na favo­ri­ta?

Ten­go dos. La pri­me­ra es “Nun­ca te vi, siem­pre te amé”. El argu­men­to es la corres­pon­den­cia entre una escri­to­ra ame­ri­ca­na y un geren­te de una libre­ría de Lon­dres que nun­ca se vie­ron, pero que man­tu­vie­ron duran­te mucho tiem­po una rela­ción epis­to­lar. Él le envia­ba libros a ella e inter­cam­bia­ban car­tas entre ambos. Cosa que a mí me ha pasa­do con varias per­so­nas a las que le he com­pra­do libros y nun­ca vi. Una vez apa­re­ció un avi­so en la revis­ta Cul­tu­ra de La Nación: una chi­ca, Roxa­na de Ramos Mejía, tra­ba­ja­ba en una libre­ría y salía los domin­gos a cami­nar por calle Corrien­tes. Su anun­cio decía “Si bus­ca libros, no cami­ne más. Llá­me­me por telé­fono”. Inme­dia­ta­men­te, por supues­to, vi el telé­fono y la lla­mé. Le empe­za­ba a aga­rrar, a quie­nes la lla­ma­ban, la mano de lo que les gus­ta­ba: “He encon­tra­do esto y me pare­ce que a usted le pue­de gus­tar”. Todo por car­ta, en esa épo­ca no exis­tía el mail.

Des­pués, un señor de Reme­dios de Esca­la­da, que se dedi­ca­ba a lo mis­mo, me pedía que le gira­ra los che­ques a nom­bre de una mujer. Me resul­ta­ba extra­ño y un día le pre­gun­té “¿por qué ten­go que hacer­le los giros a nom­bre de una seño­ra?”. “Le voy a con­tar -me con­tes­tó-: yo no pue­do cami­nar. Mi tra­ba­jo es este por­que estoy en silla de rue­das”. Fue muy con­mo­ve­dor para mí.

Tra­té de dar vuel­ta la cosa: que no fue­ra un fas­ti­dio la lle­ga­da del domin­go, sino que la gen­te espe­ra­ra el domin­go para poder ir al cine.

¿La segun­da favo­ri­ta?

Es la pri­me­ra pelí­cu­la de habla his­pa­na que ganó el Oscar a Mejor Pelí­cu­la Extran­je­ra y se lla­ma “Vol­ver a empe­zar”. Por­que la vida siem­pre es un poco eso: el eterno retorno. Como decía Nietz­sche, o el poe­ma “La noche cícli­ca” de Bor­ges; como yo mis­mo me doy cuen­ta aho­ra: soy muy evo­ca­dor de mi pasa­do. Será por los años…

Nues­tra ami­ga­ble con­ver­sa­ción se dilu­ye en anéc­do­tas de escri­to­res y pro­ta­go­nis­tas del arte con los que los Rodri­guez se vin­cu­la­ron. En una mag­ní­fi­ca biblio­te­ca, don­de sola­men­te un volu­men tra­ta sobre dere­cho, Car­los recuer­da aquel úni­co film que se le esca­pó de las manos, aquel teso­ro que toda­vía anhe­la y bus­ca: “Que­ri­da des­co­no­ci­da” (“Che­re incon­nue”). Con su moti­va­ción intac­ta, su bús­que­da ince­san­te del arte con­ti­núa.

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