Impul­so­ra de la peda­go­gía musi­cal, Iva­na cree fer­vien­te­men­te en las pro­pie­da­des trans­for­ma­do­ras de las artes, ya que a tra­vés de ellas mejo­ran las per­so­nas y, por ende, las socie­da­des. Esta es la visión que ha impul­sa­do su pro­lí­fi­ca carre­ra.

A los die­ci­sie­te años dejó su hogar en Dal­vian para par­ti­ci­par de los encuen­tros de verano de la Aca­de­mia Menuhin, en Sui­za, y des­de enton­ces no ha deja­do de sem­brar éxi­tos inter­na­cio­na­les y de ali­men­tar los espí­ri­tus de miles de chi­cos que han apren­di­do bajo su tute­la.

Su espe­cia­li­dad es el vio­lín y ha rea­li­za­do nume­ro­sos con­cier­tos en Euro­pa y tam­bién ha coor­di­na­do con­cier­tos didác­ti­cos como peda­go­ga en nume­ro­sos pro­yec­tos del vie­jo con­ti­nen­te y de Lati­noa­mé­ri­ca. Actual­men­te, está radi­ca­da en Vie­na y en su paso por Men­do­za nos rega­la una intere­san­te entre­vis­ta.

¿Cuán­do des­cu­bris­te la pasión por la músi­ca y por este ins­tru­men­to en par­ti­cu­lar?

Casi sin dar­me cuen­ta, poco a poco, fui metién­do­me en el mun­do de la músi­ca. Una de mis her­ma­nas que­ría apren­der gui­ta­rra y a mí me engan­cha­ron para ir a cla­ses con ella, pero yo apren­día flau­ta. Des­pués mi her­ma­na dejó ella hoy es con­ta­do­ra y yo qui­se seguir. Si bien mis padres siem­pre me apo­ya­ron, ellos no son músi­cos, así que tuve que ir abrién­do­me camino paso a paso, con mucho esfuer­zo y dis­ci­pli­na. Des­de que tuve por pri­me­ra vez un vio­lín en mis manos, cuan­do tenía tre­ce años, nun­ca más pen­sé en hacer otra cosa que no fue­ra músi­ca. Ese pri­mer vio­lín está hoy en casa de mis papás, y ¡es her­mo­so!

Al prin­ci­pio, no tenía idea de todo lo que lle­ga­ría a vivir a tra­vés de la músi­ca, ni jamás me lo hubie­ra ima­gi­na­do. Recuer­do que en Men­do­za, allá por los años 90, estu­dia­ba con méto­dos peda­gó­gi­cos bas­tan­te anti­cua­dos, con unos libros vie­jos y ama­ri­llos escri­tos en ale­mán o ruso, que en ese enton­ces me pare­cían “chino bási­co” y que, ade­más, eran súper abu­rri­dos. Pero mis ganas de apren­der fue­ron más fuer­tes: con­tra vien­to y marea sor­teé varias difi­cul­ta­des en un medio un tan­to hos­til; ten­go recuer­dos de haber vivi­do expe­rien­cias en un círcu­lo don­de se sen­tía mucho la envi­dia y la com­pe­ten­cia en un sen­ti­do bas­tan­te nega­ti­vo. Pero, cuan­do tenía die­ci­sie­te años, el pres­ti­gio­so maes­tro Alber­to Lysy me escu­chó y me invi­tó a pasar un verano en Sui­za, en la Inter­na­tio­nal Menuhin Music Aca­demy, jun­to a músi­cos increí­bles, y des­de enton­ces mi vida cam­bió para siem­pre.

Te fuis­te de Men­do­za sien­do muy chi­ca, ¿cómo fue dar ese pri­mer paso inter­na­cio­nal y cómo lo con­ti­nuas­te?

Des­pués del secun­da­rio me fui a Bue­nos Aires, entré a la Orques­ta Aca­dé­mi­ca Juve­nil del Tea­tro Colón y me titu­lé en el Con­ser­va­to­rio Nacio­nal como pro­fe­so­ra de vio­lín. En 2005 una ami­ga me invi­tó a Vie­na y que­dé fas­ci­na­da por esa ciu­dad… ¿cómo no?, ¡si Vie­na es la capi­tal de la músi­ca! Ade­más, la Uni­ver­si­dad de Músi­ca de Vie­na es la mejor del mun­do. Yo pen­sa­ba que eso era para gen­te de otro pla­ne­ta, pero hice una prue­ba de admi­sión jun­to a cua­tro­cien­tos estu­dian­tes de todo el glo­bo y que­dé entre diez selec­cio­na­dos para entrar a la Cla­se de Vio­lín. Duran­te esos años de estu­dio apren­dí muchí­si­mo y viví expe­rien­cias her­mo­sas. Ter­mi­né con diplo­ma de honor. Y como si eso fue­ra poco, tam­bién hice un Más­ter en Ale­ma­nia y hoy en día repre­sen­to a Argen­ti­na como par­te del Glo­bal Lea­ders Pro­gram, que es una red inter­na­cio­nal de pro­fe­sio­na­les apo­ya­da por las uni­ver­si­da­des de Har­vard, McGill y Duke, entre otras pres­ti­gio­sas ins­ti­tu­cio­nes. Este gru­po cree en el poder trans­for­ma­dor de la músi­ca.

Sabe­mos que la músi­ca ha mar­ca­do un camino par­ti­cu­lar en tu vida y que inclu­so te ha lle­va­do a estu­diar peda­go­gía, ¿cómo se rela­cio­na ese tra­yec­to con tu pro­yec­to actual?

Lo par­ti­cu­lar de mi expe­rien­cia ha sido el haber vivi­do en mun­dos com­ple­ta­men­te dife­ren­tes. Por un lado, todo lo que viví en Men­do­za me dio fuer­zas para enfo­car­me en una labor peda­gó­gi­ca, con la fina­li­dad de ofre­cer lo mejor a los chi­cos y faci­li­tar­les expe­rien­cias posi­ti­vas a tra­vés de ella. Por otro lado, lo que apren­dí en Euro­pa me con­ven­ció de que ese sue­ño, e inclu­so mucho más, era posi­ble. Ade­más, allí tam­bién adqui­rí las herra­mien­tas para gene­rar un cam­bio en la mane­ra de ense­ñar.

Hoy por hoy, mi com­pro­mi­so social a tra­vés de la músi­ca va por ese lado: creo que la edu­ca­ción musi­cal tie­ne que dejar de ser algo eli­tis­ta, difí­cil e inac­ce­si­ble para la mayo­ría.

Unién­do­me a pro­yec­tos que com­bi­nan el apren­di­za­je musi­cal a tra­vés de las orques­tas jun­to con la visión de bene­fi­ciar y enri­que­cer la vida de niños y jóve­nes, encon­tré lo que más me apa­sio­na per­so­nal­men­te y pro­fe­sio­nal­men­te. Me hace muy feliz ver cómo los chi­cos apren­den a la vez que se divier­ten y hacen ami­gos, com­par­ten y se enor­gu­lle­cen de sus logros.

Creo que la educación musical tiene que dejar de ser algo elitista, difícil e inaccesible para la mayoría.

¿Qué ele­men­to dife­ren­cia­dor tie­ne la músi­ca al momen­to de lle­var a cabo pro­yec­to socia­les?

Exis­te la creen­cia erró­nea de que se estu­dia músi­ca solo para lle­gar a ser un vir­tuo­so con­cer­tis­ta pro­fe­sio­nal, y ni hablar de la típi­ca pre­gun­ta “¿de qué vas a vivir?”. Es una pena que poco se habla de la enor­me can­ti­dad de efec­tos y bene­fi­cios que la músi­ca tie­ne, sobre todo cuan­do se hace gru­pal­men­te, en com­pa­ñía de bue­nas per­so­nas. Hay tan­tos valo­res que se pue­den incul­car a tra­vés de la músi­ca… Por ejem­plo, la cons­tan­cia y la dis­ci­pli­na reque­ri­das para apren­der a tocar un ins­tru­men­to son vir­tu­des que se pue­den apli­car para la vida en gene­ral.

Hoy sien­to la músi­ca como una herra­mien­ta para el cam­bio social y creo que todos los chi­cos y jóve­nes mere­cen tener acce­so al arte, sin impor­tar si se con­vier­ten en inge­nie­ros, médi­cos o empre­sa­rios, para que el día de maña­na sean per­so­nas más sen­si­bles y crea­ti­vas, así como tam­bién ciu­da­da­nos social­men­te más empá­ti­cos. Está com­pro­ba­do que la músi­ca, ade­más de esti­mu­lar una mayor acti­vi­dad neu­ro­nal, poten­cia y desa­rro­lla el pen­sa­mien­to crí­ti­co y la crea­ti­vi­dad, refuer­za el auto­es­ti­ma, y la expe­rien­cia de tocar en una orques­ta ali­men­ta las habi­li­da­des socia­les, nos ense­ña sobre el res­pe­to y la dis­ci­pli­na, solo por nom­brar algu­nos bene­fi­cios.

Hoy sien­to la músi­ca como una herra­mien­ta para el cam­bio social y creo que todos los chi­cos y jóve­nes mere­cen tener acce­so al arte.

Con­tar­nos un poco sobre las orques­tas en las cua­les has tra­ba­ja­do, tan­to en Argen­ti­na como en el exte­rior.

He vivi­do expe­rien­cias mara­vi­llo­sas jun­to a cien­tos de jóve­nes que tuve el pri­vi­le­gio de pre­pa­rar para orques­tas en el Tea­tro alla Sca­la de Milán, la Ópe­ra de Estam­bul, el Fes­ti­val de Salz­bur­go, el Fes­ti­val de Lucer­na y tan­tos otros. He rea­li­za­do pro­yec­tos con la Filar­mó­ni­ca de Vie­na y Gus­ta­vo Duda­mel, la vio­li­nis­ta Hilary Hahn y he diri­gi­do en el Kon­zert­haus de Vie­na. El últi­mo medio año estu­ve ense­ñan­do mi meto­do­lo­gía a otros pro­fe­so­res en Sui­za, diri­gien­do dos orques­tas en Zürich y Basi­lea, y cada vez via­jo más: ade­más de Euro­pa, ense­ñé en Cos­ta Rica, Boli­via, Perú… Aho­ra ven­go de Chi­le y hay pla­nes de salir pron­to para Méxi­co y Tai­lan­dia.

¿Tra­ba­jás en algún pro­yec­to simi­lar en Men­do­za? Si la res­pues­ta es nega­ti­va, ¿te gus­ta­ría hacer­lo?

Ya lo dice el dicho: nadie es pro­fe­ta en su tie­rra. En Men­do­za exis­te un pro­gra­ma de orques­tas infan­ti­les y juve­ni­les, pero no he teni­do la opor­tu­ni­dad de tra­ba­jar con ellos. En otros luga­res, estas accio­nes están más liga­das al com­pro­mi­so social de fun­da­cio­nes, aso­cia­cio­nes sin fines de lucro e inclu­so empre­sas pri­va­das, pero acá no es así, hay más buro­cra­cia y es difí­cil el acce­so cuan­do no per­te­ne­cés al medio.

Por el momen­to, estar en Men­do­za es, para mí, des­can­sar y dis­fru­tar de la fami­lia. Pero cla­ro, sería un sue­ño hacer algo por las futu­ras gene­ra­cio­nes de mi pro­vin­cia, para brin­dar­les nue­vas opor­tu­ni­da­des. ¡Es lo que más me apa­sio­na! Y Men­do­za cuen­ta con mucho talen­to y poten­cial para lle­gar a tener un cre­ci­mien­to a nivel artís­ti­co y cul­tu­ral muy impor­tan­te, estoy con­ven­ci­da de que se podrían desa­rro­llar muchas cosas más para que los estu­dian­tes expe­ri­men­ten la belle­za de la músi­ca y, sobre todo, se vean favo­re­ci­dos por ella.

Actual­men­te vivís en Vie­na, y tus padres son resi­den­tes de Dal­vian: ¿qué sen­tís al vol­ver?, ¿extra­ñás algo en par­ti­cu­lar?

Mi casa está en Vie­na, pero mi cora­zón siem­pre está en Men­do­za. Cada vez que pue­do, al menos una vez al año, vuel­vo a la casa de mis papás. Aho­ra aca­bo de lle­gar de Chi­le, don­de estu­ve tra­ba­jan­do inten­sa­men­te. Apro­ve­ché y, al ter­mi­nar, me que­dé en Men­do­za todo febre­ro dis­fru­tan­do de la fami­lia, del sol, del calor, los asa­dos y ¡tan­tas cosas ricas! Pare­cen cosas sim­ples, pero cuan­do estás lejos se extra­ñan mucho. Me encan­ta salir a cami­nar por el barrio, subir al Cris­to y sen­tir la ama­bi­li­dad y sim­pa­tía de la gen­te; tam­bién la tran­qui­li­dad de des­can­sar en el jar­dín de casa. Vol­ver siem­pre me lle­na de mucha ener­gía para seguir. Oja­lá pudie­ra hacer­lo más segui­do, mis sobri­nos San­tia­go y Feli­cia­na son divi­nos pero cre­cen rápi­do y pasar tiem­po con ellos es una de las cosas que me hacen más feliz.

¿Cómo está com­pues­ta tu fami­lia? ¿Qué rol cum­plen ellos en tu vida?

Toda mi fami­lia vive en Dal­vian. Mis papás, des­de hace más de 10 años; mis her­ma­nas cons­tru­ye­ron sus casas allí y todos viven muy cer­ca, lo cual es genial y a mí me da mucha tran­qui­li­dad saber que ellos están muy bien así. Por suer­te, la tec­no­lo­gía actual me ayu­da a sen­tir­los más cer­ca. Con ellos siem­pre vuel­vo a mis raí­ces, a sen­tir la cali­dez de la fami­lia y a dis­fru­tar de las cosas sen­ci­llas de la vida.

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