El hecho de que Fran­co sea pilo­to de motos invi­ta a con­ce­bir su vida como una suce­sión de carre­ras más que como una secuen­cia de bata­llas, y eso que debió librar­las. La com­pa­ra­ción sue­na a cli­ché, es cier­to. Pero tam­bién lo es que su exis­ten­cia ha trans­cu­rri­do reco­rrien­do las dis­tan­cias, a veces mayo­res, a veces meno­res, que lo han sepa­ra­do de sus obje­ti­vos.

En junio del año 2014, tuve un acci­den­te que me rom­pió los ner­vios del bra­zo izquier­do. Esto me dejó sin movi­li­dad ni sen­si­bi­li­dad, y el bra­zo com­ple­ta­men­te inmo­vi­li­za­do”, comen­tó el depor­tis­ta cuan­do se le pre­gun­tó por su his­to­ria. Para él, esta situa­ción fue difí­cil al prin­ci­pio, ya que siem­pre fue muy inquie­to y no se sen­tía a gus­to estan­do en casa todo el día. Su espí­ri­tu per­se­ve­ran­te, afor­tu­na­da­men­te, no le per­mi­tió hacer de esta su reali­dad y lo impul­só a comen­zar su pues­ta a pun­to.

Seis meses des­pués del acci­den­te, la miré a mi mamá y le dije ‘sal­ga­mos a cami­nar’. Ella me miró como dicien­do ‘¿qué te pasa? Si lle­vás seis meses acá, por qué sal­drías. Final­men­te, sali­mos; me cos­tó bar­ba­ri­da­des. Pri­me­ro, hice dos cua­dras y me sen­té en el bou­le­vard —el de la calle de su casa—, pero des­pués fue ani­mán­do­me cada vez un poco más”, rela­tó el joven.

Lue­go de este pri­mer paso, Fran­co comen­zó a tra­ba­jar en su recu­pe­ra­ción en el gim­na­sio de Dal­vian. A prin­ci­pios de 2015, se hizo la pro­me­sa de que estu­dia­ría una carre­ra uni­ver­si­ta­ria y en febre­ro de ese año se ins­cri­bió en Admi­nis­tra­ción de Empre­sas. “Al momen­to del acci­den­te, esta­ba a pun­to de irme a Ita­lia a correr motos allá. Por eso fue tan gran­de el bajón tam­bién”, con­fe­só.

¿Cómo con­ti­nuó este pro­ce­so?

Hace más o menos dos años, empe­cé a andar en bici de nue­vo, cosa que había hecho toda la vida. Pri­me­ro, me subí a la bici de a poco; des­pués, me di cuen­ta de que tenía muy buen equi­li­brio y que lo había mejo­ra­do un mon­tón. Ahí empe­cé a meter­me más por los cerros, siem­pre por el barrio. Así comen­cé a supe­rar­me y, final­men­te, el año pasa­do me com­pré una bici de mon­ta­ña, en la cual sigo prac­ti­can­do.

Este año, me dije “si pue­do mane­jar una bici, ¿por qué no un moto?” y se me metió esa idea en la cabe­za. Si no me equi­vo­co, a media­dos de mar­zo me rega­la­ron la moto. Lle­gué un día a mi casa y me tenían la sor­pre­sa. Me acuer­do paten­te de que eso fue un mar­tes. Me pasé toda la sema­na adap­tán­do­la y vien­do la for­ma de poder mane­jar­la sin difi­cul­tad.

Hace poco vol­vis­te a com­pe­tir. ¿Qué sen­sa­cio­nes expe­ri­men­tas­te?

La pri­me­ra vez que me subí a la moto fue un sába­do. Tenía mucho mie­do, pero al final andu­ve per­fec­to. El mar­tes era feria­do, vol­vi­mos a ir a andar y andu­ve per­fec­to tam­bién. Des­pués, andu­vi­mos el jue­ves y el sába­do había una carre­ra. Un ami­go me dice “che, ins­cri­bá­mo­nos y vea­mos qué onda” y nos ins­cri­bi­mos. Has­ta ese momen­to, yo no caía.

Ya en la carre­ra, al momen­to de lar­gar, que siem­pre es cuan­do más ner­vios tenés, esta­ba muy tran­qui­lo. Sí se me vinie­ron los ner­vios una vez que lar­gué. Eran dos vuel­tas. En la pri­me­ra, esta­ba muy arre­ba­ta­do y ten­so. Mi ami­go, que iba siguién­do­me y ayu­dán­do­me, me dijo: “Pará, fre­na­te. Tomé­mo­nos dos minu­tos, res­pi­rá, tomá agua, des­can­sá y segui­mos”. Des­pués de esa para­da, fue pleno dis­fru­te.

Cuan­do di toda la vuel­ta y ter­mi­né la carre­ra, cayó sobre mí el “estás andan­do en moto de nue­vo, lo que soñas­te duran­te cin­co años”. Ahí me emo­cio­né, llo­ré, gri­té…

Todo esto fue a escon­di­das de mis papás, no sabían nada. Inclu­so, si les hubie­ra pre­gun­ta­do, me lo hubie­ran nega­do. Cuan­do está­ba­mos vol­vien­do, me lla­mó mi mamá y me dijo “Fran­co, ¿dón­de estás?”. “Estoy vol­vien­do, mamá —le con­tes­tó él—”. “¡Te aca­bo de ver en una foto! —excla­mó ella—”. Me ligué algu­nas putea­das, pero me dijo: “Qué bueno que seas así y que no te hayas que­da­do como noso­tros que­ría­mos, pro­te­gi­do den­tro de la casa”.

Mi mamá me dijo: “Qué bueno que no te hayas que­da­do como noso­tros que­ría­mos, pro­te­gi­do den­tro de la casa”.

¿Tus ami­gos fue­ron cla­ve en este pro­ce­so?

La fami­lia, por sobre todo, pero mis ami­gos siem­pre han esta­do al pie del cañón. Inclu­so, esos pri­me­ros seis meses des­pués del acci­den­te, que fue­ron tan duros, venían a cui­dar­me para que mi mamá se pudie­ra libe­rar un poco. Prác­ti­ca­men­te, me obli­ga­ban a ir a los asa­dos, se encar­ga­ban de venir a bus­car­me y des­pués me traían a la hora que yo qui­sie­ra vol­ver­me.

Con res­pec­to al depor­te, mis ami­gos me acom­pa­ña­ron cuan­do empe­cé a andar en bici y aho­ra lo siguen hacien­do en las motos. Sin ellos, qui­zás nun­ca me hubie­ra ani­ma­do a hacer­lo. Siem­pre me moti­va­ron, me apo­ya­ron, me ense­ña­ron.

Si bien el tuyo es un depor­te indi­vi­dual, lo que vos con­tás hace pen­sar en que lo vivís como una expe­rien­cia gru­pal.

Es un depor­te indi­vi­dual, por­que a la hora de com­pe­tir sos vos y tu moto. Sin embar­go, asu­mís una pos­tu­ra de res­pe­to y com­pa­ñe­ris­mo. Uno sabe que si se encuen­tra con otro com­pe­ti­dor al que se le rom­pió la moto, se tie­ne que fre­nar a ayu­dar­lo, por­que es una cues­tión de que hoy le pasa a uno y maña­na, a otro.

Den­tro del cam­po, uno no sabe qué pue­de pasar, enton­ces, el com­pa­ñe­ris­mo es cen­tral.

Des­pués de las carre­ras, ¿se sigue per­ci­bien­do ese com­pa­ñe­ris­mo?

¡Por supues­to! Si vas un sába­do, por ejem­plo, a Valle de las Águi­las, en Potre­rilllos, que es don­de entre­na­mos, todo el mun­do lle­va su peda­zo de car­ne por­que sabe que se ter­mi­na de andar en moto y se pren­de un fue­go. Todos te inte­gran, te conoz­can o no.

Se per­ci­be mucho com­pa­ñe­ris­mo y un espí­ri­tu de com­par­tir con el otro. Más allá de que uno vaya solo en la moto, eso per­sis­te. ¡Qué más lin­do que ter­mi­nar de hacer el depor­te que te gus­ta y comerte un asa­do con los mis­mos que lo prac­ti­can!

En mi caso, que me ven como un mar­ciano, tra­tan de inte­grar­me y han teni­do gran­des ges­tos con­mi­go. Por ejem­plo, me han dicho: “Che, yo ten­go un taller mecá­ni­co. Veni­te y vemos la moto y lo que haga fal­ta”; “che, yo hago ropa para motos. Te doy un equi­po”. Tam­bién me dan la ins­crip­ción gra­tis para las com­pe­ti­cio­nes.

Es muy posi­ti­vo que esta inte­gra­ción la hayas podi­do expe­ri­men­tar en el depor­te que te apa­sio­na.

Al prin­ci­pio, todo el mun­do pen­só que qui­zás yo iba a poder andar siem­pre en calles o en sen­de­ros no muy com­ple­jos. Pero des­pués, al ver lo que hago y cómo me desem­pe­ño arri­ba de la moto, me feli­ci­tan. Mi ven­ta­ja es ser cabe­za dura e insis­ten­te. A quien pien­sa que no soy capaz siem­pre le demues­tro por otro lado que sí lo soy.

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