Las fami­lias nun­ca están exen­tas de poder entrar en algún liti­gio ni de tomar malas deci­sio­nes empre­sa­ria­les que pue­dan poner en ries­go sus acti­vos. Aque­llas empre­sas que poseen un patri­mo­nio afec­ta­do al nego­cio y que cons­ti­tu­ye la garan­tía de posi­bles acree­do­res debe­rían tra­tar de resol­ver los posi­bles daños que en ese ámbi­to podrían oca­sio­nar­les las cir­cuns­tan­cias eco­nó­mi­cas y finan­cie­ras.

Fren­te a lo ante­rior, es de vital impor­tan­cia que las fami­lias pro­te­jan el patri­mo­nio

que no for­me par­te de sus com­pa­ñías o de los nego­cios que desa­rro­llen. Un modo de sepa­rar­los es la cons­ti­tu­ción de fidei­co­mi­sos fami­lia­res, figu­ra esen­cial a la hora de pro­te­ger el patri­mo­nio que con tan­to esfuer­zo se ha con­se­gui­do ate­so­rar a lo lar­go de los años.

Los even­tua­les con­flic­tos de las empre­sas no debe­rían arras­trar­se al patri­mo­nio fami­liar en la medi­da que el esque­ma de pro­tec­ción haya sido pen­sa­do estra­té­gi­ca­men­te y bien estruc­tu­ra­do a nivel jurí­di­co e impo­si­ti­vo.

Dado el caso de que el padre o la madre fal­ten, pue­de con­cu­rrir una serie de cir­cuns­tan­cias con los here­de­ros que pue­den hacer peli­grar el patri­mo­nio fami­liar. Sin embar­go, por medio de la cons­ti­tu­ción de un fidei­co­mi­so, se pue­den evi­tar incer­ti­dum­bres futu­ras. Esto se debe a que el mis­mo per­mi­te limi­tar o res­trin­gir la ven­ta de bie­nes, rea­li­zar inver­sio­nes espe­cí­fi­cas o asig­nar ren­tas en fun­ción de requi­si­tos esta­ble­ci­dos pre­via­men­te.

El fidei­co­mi­so es sin duda el vehícu­lo por exce­len­cia para brin­dar solu­cio­nes espe­cí­fi­cas y segu­ras en la tran­si­ción gene­ra­cio­nal. Ello lo logra esta­ble­cien­do una direc­ción del patri­mo­nio fami­liar que evi­te con­flic­tos, que ase­so­re en la toma de deci­sio­nes finan­cie­ras y que eje­cu­te efi­caz­men­te la admi­nis­tra­ción de bie­nes.

Supon­ga­mos que un padre y una madre poseen un patri­mo­nio que quie­ren pro­te­ger tan­to para ellos mis­mos como para su fami­lia. Median­te la cons­ti­tu­ción de un fidei­co­mi­so, estos bie­nes se trans­fie­ren por la vía jurí­di­ca y, auto­má­ti­ca­men­te, los here­de­ros se con­vier­ten en sus due­ños y pasan a tener todos los dere­chos para gene­rar un esque­ma de suce­sión ópti­mo. Tam­bién pue­de esta­ble­cer­se un esque­ma de suce­sión al falle­ci­mien­to —sin gas­tos futu­ros—, don­de los here­de­ros asu­men el lugar que poseían sus pro­ge­ni­to­res en vida.

Ven­ta­jas del fidei­co­mi­so fami­liar

La cons­ti­tu­ción de fidei­co­mi­sos fami­lia­res es mucho más ven­ta­jo­sa que la crea­ción de socie­da­des fami­lia­res. Estas últi­mas poseen un régi­men de cons­ti­tu­ción públi­co y un orga­nis­mo de regu­la­ción y con­trol, que en nues­tra pro­vin­cia es la Direc­ción de Per­so­nas Jurí­di­cas. Sin embar­go, los pri­me­ros son con­tra­tos que no requie­ren de con­tro­les guber­na­men­ta­les, excep­to el impo­si­ti­vo. Por el momen­to, no poseen un régi­men públi­co de ins­crip­ción, lo cual gene­ra cier­ta reser­va de con­fi­den­cia­li­dad de la infor­ma­ción fami­liar. Ade­más, pue­den o no lle­var con­ta­bi­li­dad y cuen­tan con regí­me­nes fis­ca­les que, bien pla­ni­fi­ca­dos, tie­nen sus bene­fi­cios.

En una socie­dad los acree­do­res tie­nen ple­na capa­ci­dad para pedir el embar­go y la pos­te­rior eje­cu­ción de tu par­ti­ci­pa­ción social (es decir, las accio­nes o las cuo­tas par­tes de la socie­dad en cues­tión). Como con­se­cuen­cia de ello, los bie­nes que se incor­po­ren den­tro de ella (inmue­bles, dine­ro, cuen­tas ban­ca­rias, etc.) no se encuen­tran pro­te­gi­dos en abso­lu­to. Así, los acree­do­res, direc­ta o indi­rec­ta­men­te,

pue­den accio­nar con­tra ella. Ello no suce­de en el fidei­co­mi­so ana­li­za­do, pues pue­de regu­lar­se de tal for­ma que los acree­do­res de un nego­cio fami­liar no pue­dan agre­dir el patri­mo­nio de la fami­lia.

Un últi­mo aspec­to a con­si­de­rar es que, en un esque­ma de socie­da­des, no pue­de regu­lar­se con tan­ta ampli­tud y liber­tad el régi­men de suce­sión de bie­nes, por lo que debe some­ter­se a lo ya esta­ble­ci­do. En tan­to, la figu­ra del fidei­co­mi­so fami­liar per­mi­te regu­lar ese pro­ce­so en for­ma más con­tun­den­te, efi­cien­te y a cos­tos mucho meno­res.

¿Cuá­les son las par­tes en un fidei­co­mi­so fami­liar?

Para la cons­ti­tu­ción de un fidei­co­mi­so fami­liar, se requie­re de fidu­cian­tes, que son los apor­tan­tes de los bie­nes al fidei­co­mi­so y que, gene­ral­men­te, son los padres; de bene­fi­cia­rios, que son las per­so­nas que reci­ben los bene­fi­cios duran­te la vida del fidei­co­mi­so y que pue­den ser los padres has­ta el falle­ci­mien­to o, direc­ta­men­te, los hijos; y de fidei­co­mi­sa­rios, que son las per­so­nas que reci­bi­rán los bie­nes al final.

Tam­bién, y nece­sa­ria­men­te, debe con­tar­se con la figu­ra del fidu­cia­rio, que es quien admi­nis­tra el fidei­co­mi­so. Este últi­mo actor pue­de tomar dis­tin­tas for­mas jurí­di­cas y carac­te­rís­ti­cas, de acuer­do con el caso que se plan­tee. Vale des­ta­car que esta estruc­tu­ra no es la úni­ca posi­ble, sino que fue brin­da­da a modo de ejem­plo.

¿Qué ocu­rre si falle­ce el cabe­za de fami­lia?

Si la per­so­na que cons­ti­tu­ye un fidei­co­mi­so pla­ni­fi­ca su suce­sión en vida y fija las reglas de gobierno para cuan­do fallez­ca, el momen­to de su muer­te pon­drá en mar­cha estas últi­mas herra­mien­tas, ade­más de la pro­tec­ción en vida del patri­mo­nio. En cam­bio, si el indi­vi­duo les cede a sus hijos y/o a su cón­yu­ge los dere­chos fidu­cia­rios antes de su dece­so, lo que pue­de regu­lar­se en el fidei­co­mi­so es que sea él quien tome las deci­sio­nes mien­tras exis­ta. A su vez, al momen­to de pen­sar en este con­tra­to, el fidu­cian­te pue­de deter­mi­nar que, a su falle­ci­mien­to, sur­ja un nue­vo meca­nis­mo de gobierno fami­liar, orde­na­do por él en vida.

La fle­xi­bi­li­dad del fidei­co­mi­so lle­ga has­ta el pun­to tal de que pue­de deter­mi­nar un quó­rum espe­cí­fi­co para que se lle­ve a cabo la ven­ta de un inmue­ble, por ejem­plo.

Tam­bién, pue­de esta­ble­cer­se que su dura­ción se extien­da has­ta que el menor de los hijos cum­pla una deter­mi­na­da edad o que se requie­ra de con­sen­ti­mien­to para ven­der deter­mi­na­dos bie­nes. Es decir, se pue­den regu­lar varias situa­cio­nes y obje­ti­vos.

Las reglas de gobierno se crean cuan­do se fir­ma el con­tra­to del fidei­co­mi­so y pre­ten­den pro­te­ger los intere­ses ini­cia­les con los cua­les se cons­ti­tu­yó.

El fidei­co­mi­so es un ins­tru­men­to ideal para la trans­mi­sión de bie­nes de una gene­ra­ción a la otra y reem­pla­za a la dona­ción, cuyo acto, a par­tir de la entra­da en vigen­cia del nue­vo Códi­go Civil, sufrió modi­fi­ca­cio­nes en su modo de uti­li­za­ción.

Con­clu­sio­nes

Es indu­da­ble la evo­lu­ción que ha sufri­do la figu­ra del fidei­co­mi­so en nues­tro país en estos últi­mos 15 años, por lo menos. En ese perio­do, se desa­rro­lla­ron los de cons­truc­ción, garan­tía, tes­ta­men­ta­rios y pro­tec­ción fami­liar, entre otros, ade­más de los finan­cie­ros, que tie­nen obje­ti­vos y modos dife­ren­tes de actua­ción y no cons­ti­tu­yen el pro­pó­si­to de este artícu­lo.

Esta figu­ra se encuen­tra muy difun­di­da en el mun­do desa­rro­lla­do des­de hace déca­das y no es patri­mo­nio de nues­tra crea­ción, pues se ha adap­ta­do a nues­tra legis­la­ción y entre la gen­te como una herra­mien­ta jurí­di­ca váli­da y efi­cien­te. Por ello, es que acon­se­ja­mos su uti­li­za­ción para dife­ren­tes fines, de acuer­do a la nece­si­dad de cada usua­rio.

Eduardo Terranova

Con­ta­dor y direc­tor gene­ral de Estu­dio Terra­no­va Aso­cia­dos
Mar­tí­nez de Rozas 980, Ciu­dad de Men­do­za
261 5 55 6000
eterranova@estudioterranova.com.ar

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