Cuestionar los aportes de las redes sociales a la comunicación humana, sería como tapar el sol con un dedo. Sin embargo, necesitamos con urgencia un análisis de las sombras y riesgos .

Ocu­rren­cias, fotos, noti­cias y por sobre todo: nues­tra apro­ba­ción en for­ma de me gus­ta, es lo que se per­si­gue hoy en día. Tan ata­rea­dos esta­mos en ello, que muchas veces no nos para­mos a pen­sar lo que hace­mos, ni cómo ese tiem­po dedi­ca­do a las redes y al mun­do vir­tual nos roba viven­cias en el mun­do real.
El poder de atrac­ción de las redes socia­les se sus­ten­ta en la curio­si­dad por las vidas aje­nas que ali­men­ta a pro­gra­mas tele­vi­si­vos y realitys; ade­más de una cier­ta nece­si­dad de auto­rrea rma­ción a la hora de expo­ner nues­tra pro­pia vida. En prin­ci­pio, la curio­si­dad, la nece­si­dad de real­zar la auto­es­ti­ma, el afán de gurar y tener nues­tro minu­to de acep­ta­ción y fama, for­man par­te de la natu­ra­le­za huma­na.
Por otro lado, no todo es fri­vo­li­dad. Jun­to a los gati­tos, sitios para­di­sía­cos y osten­ta­cio­nes varias, cir­cu­la tam­bién un mon­tón de infor­ma­ción útil y de ágil inter­cam­bio sobre los más vas­tos cam­pos del saber humano. El pro­ble­ma apa­re­ce cuan­do esta­mos tan ocu­pa­dos en cons­truir y mejo­rar nues­tra ima­gen que olvi­da­mos cons­truir­nos y mejo­rar­nos de ver­dad. Esto es poten­cial­men­te más noci­vo para los jóve­nes, por­que la per­so­na­li­dad se enri­que­ce y mol­dea, en gran medi­da, gra­cias a nues­tro con­tac­to con los demás.
Nin­gu­na tec­no­lo­gía es bue­na o mala por sí mis­ma; son herra­mien­tas, su uti­li­dad depen­de del uso que haga­mos de ellas y los ciu­da­da­nos digi­ta­les lo saben. En los 90 lo que nos mara­vi­lla­ba de estas tec­no­lo­gías era la idea de que usa­ría­mos nues­tro apren­di­za­je en el mun­do vir­tual sobre noso­tros, sobre nues­tra iden­ti­dad, para vivir mejor en el mun­do real… Una expec­ta­ti­va aún incum­pli­da. Es el momen­to pre­ci­so de plan­tear­se si esta­mos per­mi­tien­do que esta nue­va for­ma de vivir nos lle­ve por don­de no que­re­mos ir.