La fecha de esta fes­ti­vi­dad varía entre el 22 de mar­zo y el 25 de abril, ya que se cele­bra el domin­go pos­te­rior a la pri­me­ra luna lle­na de pri­ma­ve­ra del hemis­fe­rio nor­te. Ori­gi­nal­men­te, se uti­li­za­ba para su cálcu­lo una fór­mu­la ela­bo­ra­da por la Igle­sia ale­jan­dri­na y que, pos­te­rior­men­te, fue adop­ta­da por toda Euro­pa. Siglos des­pués, sin embar­go, apa­re­cie­ron dife­ren­cias entre los calen­da­rios uti­li­za­dos por la Igle­sia cató­li­ca (el gre­go­riano) y aque­llos emplea­dos por los cre­dos orien­ta­les (el juliano), por lo que lo que solo en algu­nas oca­sio­nes coin­ci­den los fes­te­jos.

El ver­da­de­ro ori­gen de la Pas­cua se remon­ta al año 1513 a.C., cuan­do el pue­blo judío empren­dió su éxo­do des­de Egip­to hacia la tie­rra pro­me­ti­da. Des­de enton­ces, se cele­bra cada año como recor­da­to­rio de la libe­ra­ción de los hebreos. Según la tra­di­ción, en la vís­pe­ra del pri­mer día, comían hier­bas amar­gas moja­das en vina­gre para recor­dar la tris­te­za de la ser­vi­dum­bre. Tam­bién narra­ban caden­cio­sa­men­te cán­ti­cos que hacían alu­sión a las diez pla­gas.

Según el libro Medie­val Holi­days and Fes­ti­vals, “la cele­bra­ción de la Pas­cua Flo­ri­da reci­bió su nom­bre (Eas­ter) en honor a Eos­tre, dio­sa ger­má­ni­ca del alba y la pri­ma­ve­ra”. Cuen­ta la leyen­da que Eos­tre solía abrir las puer­tas del Val­ha­lla al comien­zo del perio­do ver­nal para reci­bir al dios del sol, Bal­der. Ori­gi­nal­men­te, este rito pri­ma­ve­ral fue con­ce­bi­do para “ahu­yen­tar a los demo­nios del invierno”. Es nota­ble la seme­jan­za léxi­ca y mor­fo­ló­gi­ca que tie­ne la pala­bra ingle­sa Eas­ter con el nom­bre de la dio­sa.

Poco a poco, la tra­di­ción fue fusio­nan­do el sig­ni­fi­ca­do cris­tiano de esta fes­ti­vi­dad con el de las cere­mo­nias paga­nas, ya que sus ritua­les eran impo­si­bles de des­arrai­gar. El júbi­lo por el naci­mien­to del sol y el des­per­tar de la natu­ra­le­za se con­vir­tió así en el rego­ci­jo por el naci­mien­to del sol de la jus­ti­cia y la resu­rrec­ción de Cris­to. De todas las cos­tum­bres adop­ta­das,  la más popu­lar es la de los hue­vos. El ori­gen de esta prác­ti­ca se encuen­tra en que, duran­te mucho tiem­po, estu­vo prohi­bi­do comer en Cua­res­ma no solo car­ne, sino tam­bién hue­vos. Por eso, el día de Pas­cua la gen­te corría a ben­de­cir gran­des can­ti­da­des de ellos para comer­los en fami­lia y obse­quiár­se­los a veci­nos y ami­gos.

Pese a las dis­tin­tas inter­pre­ta­cio­nes que tie­ne, la Pas­cua con­ti­núa con­mo­vien­do al mun­do ente­ro, tan­to a cre­yen­tes como a ateos. ¿Por qué? Por­que, más allá de lo sagra­do o pro­fano, esta cele­bra­ción es una mara­vi­llo­sa con­jun­ción de ritos, cul­tu­ra, creen­cias y leyen­das del ima­gi­na­rio y de la reali­dad.

Envia­mos un salu­do a cada una de las fami­lias que con­vi­ven en esta que­ri­da comu­ni­dad del barrio, sus amis­ta­des y fami­lia­res. Paz y recon­ci­lia­ción son nues­tros deseos para estas Pas­cuas. ¡Renaz­ca­mos tal como lo hace cada nue­vo bro­te de nues­tro jar­dín!

¡Felices Pascuas!

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