Abel Albino nació en Bue­nos Aires el 28 de noviem­bre de 1946, pero a muy tem­pra­na edad vino a vivir a Men­do­za. Estu­dió Medi­ci­na en la Uni­ver­si­dad de Tucu­mán y se espe­cia­li­zó en Pedia­tría en el país trasan­dino. Lue­go se doc­to­ró en la Uni­ver­si­dad Nacio­nal de Cuyo y se espe­cia­li­zó en Bio­lo­gía Mole­cu­lar en Espa­ña.
En 1993 fun­dó CONIN (Coope­ra­do­ra para la Nutri­ción Infan­til), ins­pi­ra­do en su cole­ga y men­tor uni­ver­si­ta­rio, Dr. Fer­nan­do Mönc­ke­berg, quien lo asis­tió en sus estu­dios en Chi­le.
La misión de la Fun­da­ción, según nos cuen­ta, es que­brar la des­nu­tri­ción infan­til en la Argen­ti­na, comen­zan­do por Men­do­za para lue­go exten­der­se al res­to de Amé­ri­ca Lati­na.

¿Cuál fue el pun­to de infle­xión que lo lle­vó a cen­trar­se en la des­nu­tri­ción infan­til?
“Me di cuen­ta que la des­nu­tri­ción era la peor enfer­me­dad. Daña el cere­bro y pro­du­ce debi­li­dad men­tal, la úni­ca debi­li­dad men­tal que se pue­de pre­ve­nir, rever­tir y es crea­da por el hom­bre. Sólo en los dos pri­me­ros años de vida se pue­de actuar sobre la des­nu­tri­ción con gran­des posi­bi­li­da­des de éxi­to. Una vez for­ma­do y desa­rro­lla­do el cere­bro del niño, su con­di­ción no se pue­de alte­rar ni rever­tir, el pri­mer año del niño mar­ca el futu­ro de esa per­so­na. Y esto se debe a que duran­te los pri­me­ros 12 meses de vida se for­ma el 80% del cere­bro que ese indi­vi­duo va a tener de adul­to. A lo lar­go del pri­mer año, de 35 gra­mos que pesa el cere­bro del chi­co al nacer, pasa a 900 gra­mos.
El crá­neo de un niño al nacer tie­ne una cir­cun­fe­ren­cia de 35 milí­me­tros, apro­xi­ma­da­men­te. Cre­ce en el pri­mer año lle­gan­do a los 47 cen­tí­me­tros.
El segun­do año aumen­ta 2 cen­tí­me­tros más. Es cuan­do las neu­ro­nas tie­nen mayor acti­vi­dad en inter­co­ne­xio­nes. Por eso a esta eta­pa se la cono­ce como la “pri­ma­ve­ra del sis­te­ma ner­vio­so cen­tral”.
¿Por qué eli­gió Men­do­za?
Por­que mi fami­lia es de Men­do­za, lle­ga­mos a Argen­ti­na hace 250 años. Este país nos dio todo a noso­tros, es nues­tra patria. Tene­mos una deu­da de gra­ti­tud con el país.
¿En quién se ins­pi­ró para encau­zar su tra­ba­jo?
En el Pro­fe­sor Mönc­ke­berg, docen­te duran­te mis estu­dios en Chi­le. Cuan­do vol­ví a la Argen­ti­na, des­pués de ese segun­do via­je a Euro­pa, orga­ni­cé un cur­so sobre debi­li­dad men­tal y lo invi­té. El Dr. Mönc­ke­berg dijo que la úni­ca debi­li­dad men­tal crea­da por el hom­bre, que se pue­de pre­ve­nir y rever­tir, es la des­nu­tri­ción.
En Amé­ri­ca Lati­na exis­te un 40% de fami­lias que vive en la pobre­za crí­ti­ca y un 20% de fami­lias que vive en la pobre­za abso­lu­ta. Eso com­pro­me­te a 60 millo­nes de niños en Amé­ri­ca Lati­na que tie­nen sus nece­si­da­des bási­cas insa­tis­fe­chas.
Guar­do como un teso­ro los con­cep­tos de aquel maes­tro: “Nin­gún desa­rro­llo es posi­ble cuan­do tene­mos ejér­ci­tos de niños débi­les men­ta­les por des­nu­tri­ción.
Debe­mos pre­ser­var el cere­bro y lue­go edu­car­lo. La prin­ci­pal rique­za de un país es su capi­tal humano. Y si ese capi­tal humano está daña­do, ese país no tie­ne futu­ro.”
¿Cómo comen­zó la Fun­da­ción?
Obser­van­do e invo­lu­crán­do­nos con  los pro­ble­mas de la gen­te. Fui­mos a sus ran­chi­tos, nos sen­ta­mos en sus camas, vimos lo que comen, sus baños,  ana­li­za­mos su for­ma de hablar.
Vimos con qué faci­li­dad se dice que son vagos y en reali­dad no son vagos, son tris­tes; una tris­te­za pro­fun­da que lin­da con la depre­sión. Vimos el error en el que incu­rri­mos cuan­do pen­sa­mos que el pobre es una per­so­na igual que noso­tros pero sin pla­ta.