….El joven bajó a los tro­pe­zo­nes los tres esca­lo­nes que con­du­cían a la mora­da de las musas, se aco­mo­dó el cue­llo del abri­go y miró a su alre­de­dor.

Era un sitio muy dis­tin­to a todas aque­llas libre­rías que solía mirar des­de afue­ra con cier­to des­dén.

Dos plan­tas de la vie­ja casa se habían trans­for­ma­do en una sola: el espa­cio de aba­jo esta­ba divi­di­do en dos peque­ños nichos; arri­ba, una estan­te­ría lle­na de libros cubría el muro ente­ro has­ta el techo. El aire era den­so por la deli­cio­sa fra­gan­cia del papel añe­jo y el cue­ro mez­cla­da con el recio bou­quet del taba­co. Enton­ces se halló fren­te a un gran anun­cio enmar­ca­do:

Esta libre­ría está encan­ta­da…

por los espec­tros de tan­ta gran lite­ra­tu­ra como hay en cada metro de estan­te­ría.

No ven­de­mos bara­ti­jas, aquí somos sin­ce­ros.

Aman­tes de los libros: seréis bien­ve­ni­dos y nin­gún depen­dien­te os habla­rá  al oído.

¡Fumad cuan­to quie­ras, pero usad el ceni­ce­ro!

Bus­que ami­go, bus­que cuan­to gus­te, pues bien cla­ros están los pre­cios. Y si quie­re pre­gun­tar algo, halla­rá al due­ño don­de el humo del taba­co se tor­ne más espe­so.

Com­pra­mos libros en efec­ti­vo.

Tene­mos eso que usted bus­ca.

¡Aun­que usted no sepa aún cuán­to lo nece­si­ta!

LA MALNUTRICIÓN DEL ORGANO LECTOR ES UNA ENFERMEDAD SERIA.

PEMÍTANOS PRESCRIBIRLE UN REMEDIO.

R Y H MIFLIN, pro­pie­ta­rios.

Había una omni­pre­sen­te nube de humo que se retor­cía y dila­ta­ba al pie de las lám­pa­ras de cris­tal.

A medi­da que el joven se acer­ca­ba a la tras­tien­da, el efec­to gene­ral que le pro­du­cía aquel lugar se hacía más fan­tás­ti­co. La gar­gan­ta del joven pare­cía cons­tre­ñi­da por la mez­cla de agi­ta­ción y taba­co. Mien­tras bus­ca­ba entre los rin­co­nes vapo­ro­sos y azu­les de la tien­da, sus ojos repa­ra­ron en un círcu­lo lus­tro­so que emi­tía un extra­ño bri­llo, simi­lar al de un hue­vo. Era la cal­va cabe­za del pro­pie­ta­rio.

Dis­cul­pe, dijo el visi­tan­te. ¿Es usted el pro­pie­ta­rio?

Roger Miflin levan­tó la mira­da, el visi­tan­te vio que tenía unos ojos azu­les rebo­san­tes de entu­sias­mo, una bar­ba roja bien recor­ta­da y un con­vin­cen­te aire de ori­gi­na­li­dad.

Soy yo, dijo el Sr Miflin… ¿Qué pue­do hacer por usted?

Me lla­mo Aubrey Gil­bert, dijo el joven.

Repre­sen­to a la Agen­cia de Publi­ci­dad Mate­ria Gris.

Me gus­ta­ría hablar con usted sobre las ven­ta­jas de poner en nues­tras manos la publi­ci­dad de su nego­cio.

Que­ri­do ami­go dijo, yo no hago publi­ci­dad.

¡IMPOSIBLE! gri­tó el otro. Horro­ri­za­do.

No en el sen­ti­do que usted le da a la pala­bra. Por suer­te para mí, de esos asun­tos se encar­gan los publi­cis­tas más ver­sá­ti­les de todo el gre­mio.

Supon­go que se refie­re a Whi­te­wa­sh y Gilt.

En abso­lu­to, los que se encar­gan de mi publi­ci­dad son Ste­ven­son, Bro­wing, Con­rad y Cía.

No me diga, dijo el agen­te de Mate­ria Gris, nun­ca había oído hablar de ellos, aún así dudo que sus anun­cios ten­gan más gan­cho que los nues­tros.

Me pare­ce que no me ha enten­di­do, quie­ro decir que la publi­ci­dad la hacen los pro­pios libros que ven­do. Si ven­do a alguien un libro que lo ate­rra o lo delei­ta, ese libro y ese hom­bre se con­vier­ten en mi publi­ci­dad vivien­te.

Pero ese tipo de publi­ci­dad boca en boca está total­men­te obso­le­ta, Dijo Gil­bert.

Así no se pue­de con­se­guir difu­sión. Debe hacer pre­va­le­cer su mar­ca ante el públi­co.

Díga­me una cosa, dijo Miflin.

¿Iría usted a ver a un doc­tor para decir­le que debe­ría anun­ciar­se en dia­rios y revis­tas?

La publi­ci­dad de un médi­co está en los cuer­pos que cura.

Mi nego­cio se anun­cia gra­cias a las men­tes que con­si­go esti­mu­lar, y déje­me decir­le que el nego­cio de los libros es dis­tin­to a otros…”La gen­te no sabe que quie­re los libros”.

Usted por ejem­plo… bas­ta con mirar­lo un ins­tan­te para dar­se cuen­ta de que su men­te pade­ce una tre­men­da caren­cia de libros.

La gen­te no va a ver a un libre­ro has­ta que un serio acci­den­te men­tal o una enfer­me­dad los hace tomar con­cien­cia del peli­gro. Enton­ces vie­nen aquí. Hacer publi­ci­dad sería como decir­le a alguien sano que vaya al médi­co.

Sabe por­que le gen­te lee aho­ra más que antes, por­que la terri­ble catás­tro­fe de la gue­rra les ha hecho ver que sus men­tes están enfer­mas.

El hecho de que usted haya veni­do has­ta aquí me pro­du­ce inte­rés. Refuer­za mi con­vic­ción del esplen­do­ro­so futu­ro que le aguar­da al nego­cio de los libros. Pero pien­so que ese futu­ro no resi­de en sis­te­ma­ti­zar­lo como un nego­cio sino dig­ni­fi­car­lo como una pro­fe­sión.

El ape­ti­to por las bue­nas lec­tu­ras está más gene­ra­li­za­do de lo que Ud. podría ima­gi­nar­se aun­que toda­vía de una mane­ra incons­cien­te. La gen­te nece­si­ta los libros, pero no lo sabe. Gene­ral­men­te la gen­te no sabe que los libros que nece­si­ta ya exis­ten.

Entre noso­tros, no exis­te tal cosa como un buen libro en un sen­ti­do abs­trac­to.

Un libro es bueno cuan­do encuen­tra un ape­ti­to humano o refu­ta un error.

Mi gran pla­cer es pres­cri­bir libros para todos los pacien­tes que ven­gan has­ta aquí deseo­sos de con­tar­me sus sín­to­mas.

Algu­nas per­so­nas han per­mi­ti­do que sus facul­ta­des lec­to­ras hayan caí­do tan­to que lo úni­co que pue­do hacer es col­gar­les un letre­ro que diga pos mor­tem.

No hay nadie más agra­de­ci­do que una per­so­na a quien le hayas reco­men­da­do el libro que su alma nece­si­ta­ba sin saber­lo. Nin­gu­na publi­ci­dad es tan poten­te como la gra­ti­tud de ese clien­te.

Me gus­ta­ría vol­ver en algún momen­to, dijo el agen­te publi­ci­ta­rio, y que usted me reco­men­da­ra un libro.

Lo pri­me­ro que se nece­si­ta es cier­to sen­ti­do de la pie­dad. El mun­do lle­va 450 años impri­mien­do libros y la pól­vo­ra sigue tenien­do mayor cir­cu­la­ción. ¡Da igual! la tin­ta del impre­sor es más explo­si­va… ter­mi­na­rá ganan­do.

Frag­men­to de la Nove­la “La Libre­ría Encan­ta­da”, escri­ta en 1919 por el autor ame­ri­cano Chris­top­her Mor­ley.

La idea de com­par­tir este frag­men­to es que refle­xio­ne­mos sobre nues­tro rol res­pec­to a los libros. Ya sea como lec­to­res o como libre­ros.

Pen­sa­mos que los libre­ros, como el Sr. Miflin, debe­ría­mos acer­car los libros a las per­so­nas sobre todo por­que tene­mos el pri­vi­le­gio de cono­cer, en par­te, la tre­men­da ofer­ta y gene­ro­si­dad de los auto­res.