Esta ori­gi­nal serie, que cuen­ta con un equi­po com­ple­ta­men­te feme­nino de guio­nis­tas y direc­to­ras,  ha cau­sa­do sen­sa­ción des­de que se estre­nó en febre­ro, y las razo­nes son muchas. En pri­mer lugar, la pro­ta­go­nis­ta es Natas­ha Lyon­ne (Oran­ge is the New Black), que nos rega­la una actua­ción impe­ca­ble y extre­ma­da­men­te con­vin­cen­te. La actriz encar­na a Nadia, que es invi­ta­da a una fies­ta que no tie­ne fin: a tra­vés de un bucle en el tiem­po, que­da atra­pa­da en la cele­bra­ción de su pro­pio cum­plea­ños, momen­to al que regre­sa cada vez que mue­re (y esto ocu­rre mucho y muy segui­do). Ade­más, la esté­ti­ca en tonos gri­ses y la ban­da sono­ra que, aun­que recu­rren­te, es bri­llan­te, acom­pa­ñan a la per­fec­ción la tra­ma de la serie. Otro ele­men­to dis­tin­ti­vo es el humor negro, mar­ca­do por la bana­li­za­ción del tema de la muer­te. Lo más intere­san­te del pro­gra­ma es, pro­ba­ble­men­te, la incur­sión a la psi­quis de Nadia: somos tes­ti­gos de su dolo­ro­sa y soli­ta­ria infan­cia y así pode­mos enten­der enton­ces su per­so­na­li­dad. La serie tie­ne un pode­ro­so fon­do emo­cio­nal y exis­ten­cial com­bi­na­do con un humor negro exqui­si­to.

¡Súper reco­men­da­ble!

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