El nom­bre de este reino ancla­do en el sud­es­te asiá­ti­co, Tai­lan­dia, ha reso­na­do mucho últi­ma­men­te en las noti­cias; sin embar­go, cuan­do de turis­mo se tra­ta, su mís­ti­ca ha per­ma­ne­ci­do intac­ta en el tiem­po y en esta nota te con­ta­mos por qué.

Tem­plos

La espi­ri­tua­li­dad del budis­mo impreg­na todo el país, hacién­do­nos sen­tir en otra esfe­ra de la reali­dad cuan­do lo visi­ta­mos: expe­ri­men­ta­mos un ines­pe­ra­do des­po­ja­mien­to de lo mate­rial y somos tes­ti­gos de otra mane­ra de vivir: la feli­ci­dad y armo­nía se refle­jan en las son­ri­sas del 94% de la pobla­ción que prac­ti­ca esta filo­so­fía. El lugar don­de se rin­de cul­to al fun­da­dor de esta doc­tri­na filo­só­fi­ca, el gran Buda, es el tem­plo. Cami­nan­do por las calles de este país, nor­te o sur, pla­ya o mon­ta­ña, ciu­dad o pue­blo, sobre­sa­len los bellí­si­mos tem­plos budis­tas, en don­de los tai­lan­de­ses ofre­cen sus ora­cio­nes sen­ta­dos en el piso con las pier­nas cru­za­das. Nor­mal­men­te, son exu­be­ran­tes cons­truc­cio­nes rica­men­te orna­men­ta­das que se eri­gen como joyas de la ances­tral cul­tu­ra orien­tal y refle­jan una esté­ti­ca total­men­te dis­tin­ta a lo que esta­mos acos­tum­bra­dos.

Tem­plo Blan­co de Chiang Rai.

En Bang­kok, el más popu­lar es el Tem­plo del Buda de Esme­ral­da, ubi­ca­do den­tro del Gran Pala­cio Real y muy cer­ca del tem­plo Wat Pho, que alber­ga el “Buda acos­ta­do”, una esta­tua de 46 metros de ancho y 15 de lar­go com­ple­ta­men­te recu­bier­ta con pan de oro. Otros legen­da­rios son los de Wat Sut­hat y el Wat Ben­cha­ma­bop­hit, entre los miles que ate­so­ra la ciu­dad.

TIP:
Todos los tem­plos son luga­res sagra­dos, por lo que debés visi­tar­los con pren­das que cubran hom­bros, esco­te y pier­nas has­ta los tobi­llos. Para hom­bres, se acon­se­ja car­gar una cami­sa con cue­llo con­ser­va­do­ra y, para muje­res, un chal para ama­rrar­lo en la cin­tu­ra o tapar los hom­bros y guar­dar­lo fácil­men­te al ter­mi­nar la visi­ta.

En el nor­te, el más lla­ma­ti­vo es el polé­mi­co Tem­plo Blan­co de Chiang Rai, un mag­ní­fi­co com­ple­jo que con­tie­ne tam­bién ele­men­tos del hin­duis­mo y del arte moderno. En Chiang Mai se des­ta­ca Wat Phan Tao, el “tem­plo de made­ra”, cuya estruc­tu­ra y teja­do de teca -lo más rese­ña­ble- son del siglo XIX. Des­ta­ca la talla dora­da de un gran pavo real sobre la entra­da prin­ci­pal (era el sím­bo­lo de los reyes de Chiang Mai). Por últi­mo, la anti­gua Ayutt­ha­ya, redu­ci­da a rui­nas lue­go de la inva­sión bir­ma­na en 1767, ofre­ce una de las imá­ge­nes más mis­te­rio­sas y reco­no­ci­bles de Tai­lan­dia: una cabe­za de Buda entre­la­za­da por las raí­ces de un árbol, el Buda de las raí­ces. No se sabe con cer­te­za cómo lle­gó a entre­la­zar­se de esa mane­ra pero la leyen­da cuen­ta que alguien movió la pie­za has­ta ese lugar para escon­der­la, ya que era un sitio muy visi­ta­do por caza­te­so­ros, y nun­ca vol­vió a reco­ger­la.

La espi­ri­tua­li­dad del budis­mo impreg­na todo el país, hacién­do­nos sen­tir en otra esfe­ra de la reali­dad cuan­do lo visi­ta­mos.

Ciu­da­des

Vivir el fre­né­ti­co caos de Bang­kok es tan solo el comien­zo del reco­rri­do por la capi­tal tai­lan­de­sa. En esta cos­mo­po­li­ta ciu­dad lle­na de edi­fi­cios de gran altu­ra (como el famo­so Sky Bar de “Hang Over II”), tem­plos anti­guos, asom­bro­sos pala­cios, dis­co­te­cas lla­ma­ti­vas, bulli­cio­sos mer­ca­dos y calles reple­tas de ven­de­do­res ofre­cien­do sou­ve­nirs y algu­nas de los man­ja­res del lugar, los turis­tas siem­pre esta­rán entre­te­ni­dos. Te reco­men­da­mos alo­jar­te cer­ca del epi­cen­tro de los mochi­le­ros, la míti­ca calle Khao San, que con­cen­tra todas las opcio­nes para rea­li­zar excur­sio­nes, ir de com­pras o comer y beber algo.

La segun­da ciu­dad más gran­de es Chiang Mai, que ade­más de ser una de las más moder­nas, tam­bién es reco­no­ci­da por su natu­ra­le­za (está situa­da entre algu­nas de las mon­ta­ñas más altas del país) y por su impor­tan­cia cul­tu­ral. Los aman­tes de los ani­ma­les podrán vivir la expe­rien­cia de cono­cer muy de cer­ca a los ele­fan­tes. Para evi­tar apo­yar el mal­tra­to que sufren estos ado­ra­bles seres, reco­men­da­mos visi­tar el Elep­hant Natu­re Park, un san­tua­rio de ele­fan­tes don­de el turis­ta está al ser­vi­cio del ani­mal y no al revés.

A apro­xi­ma­da­men­te 100 km de Chiang Mai, se ubi­ca Pai, un pue­blo cuya repu­tación es la de ser un des­tino de mon­ta­ña un poco hip­pie. Encla­va­do en las coli­nas del nor­te, posee una magia muy espe­cial. Allí podrás alo­jar­te en pre­cio­sas caba­ñas pri­va­das, pasear en moto por las mon­ta­ñas, visi­tar cas­ca­das o sim­ple­men­te rela­jar­te y absor­ver las bue­nas vibras de este lugar.

La famo­sa pla­ya Koh Phi Phi, don­de se rodó la pelí­cu­la “La pla­ya”.

Pla­yas

Vivir la pla­ci­dez de las islas y cos­tas para­di­sía­cas de Tai­lan­dia es una de las atrac­cio­nes imper­di­bles. Las pla­yas de aguas cris­ta­li­nas rodea­das de mon­ta­ñas reple­tas de vege­ta­ción, el soni­do de cien­tos de pája­ros tro­pi­ca­les, bar­qui­tas de made­ra de colo­res, el calor que nun­ca falla… todo invi­ta a que repo­ses en la blan­ca are­na y dis­fru­tes de la vis­ta más mara­vi­llo­sa. Algu­nas de las loca­cio­nes más des­ta­ca­das son Koh Tao, Koh Samui y Koh Phan­gan, tres islas ale­da­ñas que nuclean gran can­ti­dad de turis­tas jóve­nes por la famo­sa fies­ta Full Moon Party, los cur­sos inten­si­vos de buceo a pre­cios ridí­cu­la­men­te bajos y las atrac­cio­nes noc­tur­nas. Del otro lado del país, Koh Phi Phi (don­de se rodó la pelí­cu­la “La pla­ya”), Phu­ket y Kra­bi ofre­cen tam­bién mucha diver­sión y son idea­les para explo­rar en bar­co las ele­va­das islas de pie­dra cali­za con sel­vas tro­pi­ca­les en sus cum­bres. Sea cual sea tu des­tino, el pai­sa­je, los soni­dos, las ale­gres flo­res, la vida mari­na y el agua tibia logra­rán que vivas un momen­to espec­ta­cu­lar y en per­fec­ta cone­xión con las mara­vi­llas de la madre natu­ra­le­za.

Gas­tro­no­mía

Entre dul­ce, sala­do, amar­go y agrio, la comi­da tai­lan­de­sa des­ta­ca como una de las más ricas y sabro­sas. Su alia­do per­ma­nen­te es el arroz -a tal pun­to que comer en tai­lan­dés se dice “comer arroz” (Kin Khaw)-, ser­vi­do con car­ne, hier­bas y ver­du­ras o bien estos últi­mos en sopas con nood­les o sin ellos. Los 4 con­di­men­tos bási­cos son azú­car, Nam Pia (sal de pes­ca­do), Prik Pon (pimien­ta cru­jien­te de chi­le) y un vina­gre agri­dul­ce con pimien­ta, para com­bi­nar a gus­to y pia­ce­re. ¿Cuá­les son los pla­tos tra­di­cio­na­les? El más céle­bre es el Pad Thai, fideos de arroz sofri­tos con soja, tofu, hue­vos, ver­du­ras, pes­ca­do -entre otros-, cubier­tos por maní tos­ta­do, cilan­tro y sal­sa de tama­rin­do; los Pat Sii-Yew, nood­les gor­dos en sal­sa de soja y Pat Kii Mao, un pla­to pican­te de nood­les grue­sos con ver­du­ras. La sopa de nood­les (Khuei Thiaw) tam­bién es muy popu­lar y se toma en cual­quier momen­to del día.

Cuándo ir

Cual­quier épo­ca es bue­na para via­jar a Tai­lan­dia, pero se reco­mien­da evi­tar la épo­ca de llu­vias y mon­zo­nes (más o menos de mayo a octu­bre).

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