Dos ven­ta­nas tie­ne el ate­lier de Gra­cie­la Mari­ne­lli. Por la fron­tal y más gran­de, se cue­la con fir­me­za la luz del día. Por la otra, la late­ral, y más peque­ña, apa­re­cen, con­to­nean­tes, hojas de parras. En el cen­tro está ubi­ca­do el caba­lle­te y sobre él, ergui­do, el impo­lu­to papel fran­cés. A un cos­ta­do, sobre una mesi­ta, su pin­cel hecho a mano con pelos de lobo y sus acua­re­las ingle­sas. Sobre uno de los escri­to­rios están api­la­das las obras, cus­to­dia­das por dos “chi­ni­tos”: “ellos repre­sen­tan a mi espo­so y mi hijo”, dirá, ella, con la son­ri­sa amplia y la mira­da encen­di­da. Sobre el otro, la compu­tado­ra y los par­lan­tes por los que se sue­nan músi­ca clá­si­ca o fla­men­ca; y el dis­co ‘Lágri­mas negras’, de Bebo y Ciga­la.

Allí, en su espa­cio de crea­ción, Gra­cie­la nos reci­be. Y se pres­ta a la char­la, café median­te, para con­tar­nos su his­to­ria: la de una eco­no­mis­ta que un día deci­dió ren­dir­se al encan­to del acua­re­lis­mo. A ese mun­do, habi­ta­do por refe­ren­cias ecues­tres, mue­lles retra­tos huma­nos y pai­sa­jes cam­pe­ros, nos invi­ta a ingre­sar.

¿De dón­de vie­ne tu fas­ci­na­ción por los caba­llos?

A pesar de ser músi­co y de ser de Bue­nos Aires, mi papá tenía un amor pro­fun­do por el cam­po. Cuan­do se enamo­ró de mi mamá, men­do­ci­na, tam­bién lo hizo del cam­po de Men­do­za. Por sus cons­tan­tes via­jes al cam­po se hizo ami­gos de pues­te­ros; pasa­mos varias vaca­cio­nes en los pues­tos. Recuer­do el pues­to Las Peñas, entre Pare­di­tas y San Rafael; un lugar mara­vi­llo­so; y tam­bién el de don Sote­lo, ubi­ca­do al oes­te de San Car­los, cer­ca del lími­te con Chi­le: allí había cerros, sau­ces, el ran­cho, el corral de cabras y solía­mos reco­rrer los luga­res a caba­llo. Ese amor se tras­la­dó a mis obras. Yo sigo yen­do al cam­po.

¿Seguís mon­tan­do?

Ya no, por­que me las­ti­mé la colum­na por prac­ti­car depor­tes de alto impac­to. Pero les sigo dan­do besos (ríe). Me gus­ta­ría ser mucho más talen­to­sa para repre­sen­tar lo que real­men­te per­ci­bo espi­ri­tual­men­te. Por­que sien­to que me que­do cor­ta.

En tus acua­re­las vemos, tam­bién, refe­ren­cias al tan­go. ¿Qué his­to­ria hay detrás de esta ins­pi­ra­ción?

Mi papá era ban­do­neo­nis­ta; era un apa­sio­na­do en todo: del cam­po, del tan­go, de sus ideas polí­ti­cas. Des­de peque­ño, jun­to a sus her­ma­nos, toca­ba en la orques­ta de mi abue­lo. Eran los que musi­ca­li­za­ban las pelí­cu­las mudas. Cuan­do se reci­bió de pro­fe­sor de vio­lín y sol­feo, salió a reco­rrer la Argen­ti­na. ¡Era un tro­ta­mun­dos! Así fue que reca­ló en Pare­di­tas, en don­de cono­ció a mi mamá; hija de un galle­go. Mi abue­la pater­na, según dicen, era hija natu­ral de un terra­te­nien­te des­cen­dien­te de pue­blos nati­vos. Mi abue­la mater­na era ita­lia­na. Debo tener todo eso mez­cla­do (risas).

Aun­que siem­pre se sin­tió cau­ti­va­da por el dibu­jo y la pin­tu­ra, Gra­cie­la eli­gió el camino de las Cien­cias Eco­nó­mi­cas. Tomó la deci­sión pres­tan­do oídos al dic­ta­do del sen­ti­do común: “los artis­tas se mue­ren de ham­bre”.

Pen­san­do en los hemis­fe­rios izquier­do y dere­cho, y las res­pec­ti­vas habi­li­da­des que desa­rro­lla­mos, me pre­gun­to cómo fue que una con­ta­do­ra, un día deci­dió ser acua­re­lis­ta. Digo, cam­bias­te radi­cal­men­te de un hemis­fe­rio a otro.

Cua­do era chi­ca no exis­tía esto de lo voca­cio­nal; yo pin­ta­ba, hacía las piza­rras en la escue­la, retra­ta­ba a mis com­pa­ñe­ros e inclu­so hice óleo. Que­ría estu­diar artes plás­ti­cas pero la gen­te decía “Te vas a morir de ham­bre”. El deber ser impe­ra y no nos damos cuen­ta. Yo tenía cla­ro que que­ría ser inde­pen­dien­te y pesó que tenía muchas habi­li­da­des para las mate­má­ti­cas. Dejé el dibu­jo y la pin­tu­ra como un berre­tín, un pasa­tiem­po. Empe­cé a ejer­cer mi pro­fe­sión y la vida me fue lle­van­do. Tra­ba­jé en el Tri­bu­nal de Cuen­tas, en la Con­ta­du­ría Gene­ral de la Pro­vin­cia. Todo para mí era res­pon­sa­bi­li­dad, tiem­pos, ven­ci­mien­tos. Final­men­te tuve que dejar de tra­ba­jar por temas de salud y pedí la jubi­la­ción anti­ci­pa­da. Inclu­so renun­cié al Con­se­jo Pro­fe­sio­nal de Cien­cias Eco­nó­mi­cas.   

La enfer­me­dad fue el reme­dio…

¡Y no sabés lo feliz que fui! Des­de hace varios años estoy des­cua­li­fi­can­do mi men­te. Es una lucha cons­tan­te pre­gun­tar­me qué quie­ro; casi te diría un pro­yec­to de vida. Comen­cé a pen­sar: si esto me lle­ga, por algo es.

Esta­mos entre­na­dos para desoír el deseo.

Deses­truc­tu­rar es muy difí­cil, patear table­ros, derri­bar car­ca­sas. Pero entre­gar­se al ‘deber ser’ es no que­rer­se; uno se pos­ter­ga. Has­ta que me escu­ché. Lás­ti­ma que lo hice en la cur­va des­cen­den­te de la vida.

Depen­de cómo se lo mire; tam­bién podría ser ascen­den­te.

Diga­mos que me que­dan pocas cur­vas (risas). Por eso es impor­tan­te que los jóve­nes remue­van el avis­pe­ro. Hacer lo que uno quie­re es gra­ti­fi­can­te y trae nue­vas opor­tu­ni­da­des. Si no, uno se mete en una caji­ta oscu­ra y vi la vida des­de un agu­je­ri­to.

Como a tra­vés de una cáma­ra este­no­pei­ca.

Mirá vos; Cana­let­to, uno de los gran­des pin­to­res vene­cia­nos, hacía pai­sa­jes pano­rá­mi­cos. Él solu­cio­nó el pro­ble­ma de las pro­por­cio­nes y la pers­pec­ti­va con una caji­ta al que le hacía una agu­je­ri­to para que ingre­se la luz. La luz refle­ja­ba en un papel las for­mas y él dibu­ja­ba sobre ella. A par­tir de esos dibu­jos saca­ba cálcu­los de las dimen­sio­nes. Sus obras son her­mo­sas.

Gra­cie­la habla del pin­tor ita­liano que ori­gi­nó el vedu­tis­mo (Nde­laR: sub­gé­ne­ro del pai­sa­jis­mo, deri­va­do del ita­liano vedu­ta, vis­ta) y la son­ri­sa se le ensan­cha. Hablar de esti­los ame­ri­ta hablar del suyo.

¿Por qué ele­gis­te la téc­ni­ca de la acua­re­la?

Había comen­za­do con el óleo pero los vapo­res que se uti­li­zan para lim­piar me hacían mal. Una vez, via­jan­do, cono­cí en Esquel a un joven inglés; él lle­va­ba una caji­ta de acua­re­las y una libre­ti­ta de ano­ta­cio­nes pare regis­trar los pai­sa­jes que iba viendo.Uno o dos años des­pués, en otro via­je con ami­gas, nos hos­pe­da­mos en Val­di­via en la casa en don­de había una gran y her­mo­sa acua­re­la en el living. De regre­so, me pre­gun­té las pri­me­ras acua­re­las y empe­cé a pin­tar. Cuan­do veo una acua­re­la, me derri­to. Y lo mis­mo le pasa a mucha gen­te. Pero los crí­ti­cos de arte están miran­do otras cosas. Yo sigo bus­can­do mi esti­lo.

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