Mediante esta práctica fomentamos la colaboración de los niños en casa, aprenden el sentido de la responsabilidad, del trabajo, el respeto al grupo y lo más importante desarrollamos su autonomía.

Algu­nos padres, qui­zá guia­dos por la sana inten­ción de que sus hijos “ten­gan todo lo que yo no he teni­do” o de que desa­rro­llen sus capa­ci­da­des, les apun­tan a un sin­fín de acti­vi­da­des extra­es­co­la­res.
Pare­ce que si el niño no apren­de chino o toca un ins­tru­men­to a la vez que estu­dia, está per­dien­do el tiem­po. En oca­sio­nes, detrás de esa pre­ten­sión se escon­de un afán por satis­fa­cer las pro­pias ambi­cio­nes.
Por otra par­te, los padres pre­ten­den com­pen­sar­les el poco tiem­po que la jor­na­da labo­ral les deja para la vida en fami­lia con todo tipo de acti­vi­da­des. El resul­ta­do es que tan­to niños como mayo­res aca­ban estre­sa­dos.
Sin embar­go, el tiem­po emplea­do en los encar­gos hoga­re­ños pue­de ser uno de los más ren­ta­bles para su for­ma­ción. Este es uno de los fac­to­res cla­ves para pre­de­cir si un niño triun­fa­rá labo­ral y per­so­nal­men­te.

Sentido del servicio y del deber

Las tareas domés­ti­cas pro­por­cio­nan a los niños un sen­ti­do de com­pe­ten­cia, res­pon­sa­bi­li­dad y con anza en sí mis­mos. Pero ade­más estas tareas cons­ti­tu­yen un ser­vi­cio a otros y que esto es lo pro­pio de la fami­lia. No se tra­ta en esta oca­sión de que los chi­cos desa­rro­llen una capa­ci­dad per­so­nal, sino de ayu­dar a los demás. Por eso, es impor­tan­te que ade­más de las tareas pro­pias, reali­cen otras más altruis­tas.
A veces sir­ve dar un pre­mio al hijo que rea­li­za algu­na tarea extra, pero si la recom­pen­sa o el cas­ti­go es siem­pre dine­ro, se pue­den for­mar en la idea de que lo eco­nó­mi­co domi­na todos los aspec­tos de la vida. Es más impor­tan­te apren­der pri­me­ro el espí­ri­tu de ser­vi­cio desin­te­re­sa­do pro­pio de la fami­lia.
Un con­se­jo para con­se­guir que los hijos ayu­den en casa es plan­tear­lo de for­ma diver­ti­da, como un jue­go o un reto. Esto pue­de ser­vir cuan­do el niño es muy peque­ño. La mis­ma natu­ra­le­za de las tareas domés­ti­cas requie­re que poco a poco el enfo­que lúdi­co vaya dejan­do paso al sen­ti­do del deber.