En Argentina el agua, el fuego y los aludes alteraron el equilibrio natural provocando severos trastornos sociales. Estos hechos, ¿son situaciones aisladas?, ¿qué responsabilidad tenemos y cómo cambiamos el curso de estos sucesos?  

El agua fue un per­so­na­je des­ta­ca­do este año, inun­da­cio­nes que tapi­za­ron las pro­vin­cias de San­ta Fe y Bue­nos Aires. Y que se reedi­tó en mar­zo y abril con inun­da­cio­nes en Como­do­ro Riva­da­via, San­tia­go del Este­ro, Tucu­mán. Un millón y medio de hec­tá­reas incen­dia­das en La Pam­pa con miles de dam­ni­fi­ca­dos. El efec­to de los alu­des se lle­vó la sal­te­ña Tar­ta­gal, dejan­do su hue­lla de defo­res­ta­ción en la pro­vin­cia de Jujuy.
Un desas­tre no debe con­fun­dir­se con el even­to cli­má­ti­co, meteo­ro­ló­gi­co o geo­ló­gi­co que le da ori­gen. Es un pro­ce­so eco­nó­mi­co, social, polí­ti­co y ambien­tal deto­na­do por un epi­so­dio ori­gi­na­do en la natu­ra­le­za. Los men­cio­na­dos desas­tres son obra de des­mon­tes, fal­ta de pro­to­co­los ambien­ta­les en las empre­sas, la mis­ma pobla­ción que con sus hábi­tos pro­mue­ven los fac­to­res que pro­du­cen estos lamen­ta­bles hechos cli­má­ti­cos.
Impe­dir estos even­tos depen­de de la par­ti­ci­pa­ción acti­va tan­to del esta­do y sus polí­ti­cas, tan­to eco­nó­mi­cas como ambien­ta­les y de la pro­pia socie­dad. En Argen­ti­na como en el res­to del mun­do se deben tomar medi­das para mini­mi­zar el efec­to del hom­bre sobre el pla­ne­ta.

Un desafío a la economía

Argen­ti­na como otros paí­ses, des­de el comi­té en París, se com­pro­me­tió a dise­ñar polí­ti­cas para la miti­ga­ción y la adap­ta­ción al nue­vo esce­na­rio. Estas polí­ti­cas ante la reali­dad del cam­bio cli­má­ti­co y sus efec­tos posi­bles sobre la eco­no­mía, podrían tra­du­cir­se en accio­nes con­cre­tas: reor­de­na­mien­to urbano, polí­ti­cas impo­si­ti­vas, sub­si­dios para orien­tar la pro­duc­ción y el con­su­mo, imple­men­ta­ción de incen­ti­vos para el cam­bio de la matriz ener­gé­ti­ca, la toma de deci­sio­nes de inver­sión sobre la base de mapas cli­má­ti­cos y la adop­ción de mode­los pro­duc­ti­vos que mini­mi­cen los resi­duos, reuti­li­zan­do o hacien­do que se reuti­li­cen los mate­ria­les.

 Nuestro país es responsable del 0,7% de las emisiones globales, según datos del Gobierno. La participación de la región es considerada baja, pero no lo es así la vulnerabilidad, porque los efectos del cambio climático traspasan fronteras.

Uno de los efec­tos más direc­tos sobre la eco­no­mía se da en la agri­cul­tu­ra, por la pér­di­da de tie­rras cul­ti­va­bles o la caí­da de la pro­duc­ti­vi­dad. Una prác­ti­ca agrí­co­la en la que nues­tro país lide­ra, como la siem­bra direc­ta, miti­ga el impac­to del calen­ta­mien­to. Hoy el méto­do está gene­ra­li­za­do, pero algo que fal­ta es una correc­ta rota­ción de cul­ti­vos.
La matriz ener­gé­ti­ca, el trans­por­te y las prác­ti­cas agrí­co­las están entre las áreas sobre las que se actua­rá para la miti­ga­ción y entre las acti­vi­da­des que serán afec­ta­das está el turis­mo. Ade­más el sec­tor inmo­bi­lia­rio debe­rá pres­tar espe­cial aten­ción a nor­mas de adap­ta­ción.

¿Cuándo puede decirse que es efecto del calentamiento y hasta qué punto podría haberse evitado?

Los efec­tos eco­nó­mi­cos y socia­les son resul­ta­do de una inter­ac­ción entre el cli­ma y las acti­vi­da­des huma­nas, no hay mane­ra de ase­gu­rar que las recien­tes inun­da­cio­nes en San­ta Fe o los incen­dios en La Pam­pa sean resul­ta­do del cam­bio cli­má­ti­co, pero sí está demos­tra­do que éste des­en­ca­de­na situa­cio­nes que favo­re­cen la ocu­rren­cia de even­tos como el exce­so de llu­vias, las sequías pro­lon­ga­das o las tor­men­tas eléc­tri­cas seve­ras.
En defi­ni­ti­va el esta­do tie­ne gran inci­den­cia en estos efec­tos; el equi­li­brio entre las polí­ti­cas con­tra la pobre­za y las nor­mas para cui­dar el medio ambien­te, es uno de los gran­des desafíos plan­tea­dos. El decai­mien­to de sec­to­res cul­ti­va­bles aumen­ta el pre­cio de los ali­men­tos, la fal­ta de polí­ti­cas ambien­ta­les pro­vo­ca el avan­ce de las urbes (sobre todo de las pobla­cio­nes más vul­ne­ra­bles) e indus­trias en terre­nos que al defo­res­tar­los gene­ran alu­des e inun­da­cio­nes. Pero la mayor res­pon­sa­bi­li­dad se encuen­tra en cada uno de noso­tros, los hace­do­res de esta socie­dad, cada per­so­na debe tomar con­cien­cia y en peque­ños actos tra­tar de gene­rar el cam­bio no sólo para la pos­te­ri­dad sino para el aquí y aho­ra.