Apenas se deja atrás la ciudad, el lago Lácar domina la escena, la cordillera se despliega y el bosque de cipreses se abre paso entre las rocas. Transitamos la Ruta Nacional 40 en el inicio del recorrido de Los Siete Lagos que une San Martín de los Andes y Villa La Angostura.

ARROYO PARTIDO, Toda una rareza natural

En Neu­quén, por el camino vie­jo, se encuen­tra un arro­yo muy sin­gu­lar. Deno­mi­na­do así por­que sus aguas se bifur­can, la mitad uye hacia el Atlán­ti­co y la mitad hacia el Pací­fi­co. Algo que no se repi­te en los cur­sos de agua de la zona cor­di­lle­ra­na. Es una mara­vi­lla escon­di­da de la Argen­ti­na.

LAGO MACHÓNICO

Un lago se aso­ma entre las mon­ta­ñas, rodea­do de mile­na­rias arau­ca­rias y cipre­ses, cuen­ta con esplén­di­dos y amplios mira­do­res. Es espe­cial para la pes­ca de tru­cha en sus cal­mas, pro­fun­das y cla­ro oscu­ras aguas azu­les o de un tur­que­sa inten­so depen­dien­do si está nubla­do o el sol bri­lla en el cie­lo.

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LAGO ESCONDIDO, Más allá del Villarino

Unos ins­tan­tes son más que su cien­tes para apre­ciar al Lago Villa­rino, lue­go de un bre­ve des­can­so nos encon­tra­re­mos con uno de los más lin­dos: el Escon­di­do. Allí las para­das se mul­ti­pli­can y con ellas el asom­bro, los silen­cios y la quie­tud de los apa­ci­bles pai­sa­jes que pasan a ser los pro­ta­go­nis­tas.

LAGO CORRENTOSO Y ESPEJO, Un lugar paradisíaco

Allí los pobla­do­res loca­les ofre­cen ver­da­de­ras exqui­si­te­ces al visi­tan­te. Pos­te­rior­men­te la ruta nos espe­ra para lle­gar al Lago Espe­jo y con­tem­plar su belle­za des­de de sus mira­do­res. Reci­bió este nom­bre por el efec­to que se con­tem­pla en sus aguas, don­de el cie­lo, las mon­ta­ñas y el bos­que se re ejan de mane­ra per­fec­ta.

NAHUEL HUAPI,Final de trayecto

Más ade­lan­te se abre ante nues­tros ojos una espec­ta­cu­lar vis­ta del sec­tor nor­te del lago, el últi­mo lago de este bello cir­cui­to. Sig­ni­fi­ca Tigre de los Ríos y bas­ta con nom­brar­lo para que en for­ma inme­dia­ta nos ven­ga a la men­te la pre­sen­cia de una cria­tu­ra mile­na­ria que habi­ta sus aguas.

Así ter­mi­na­mos la famo­sa ruta de Los Sie­te Lagos. La mis­ma que, aun­que pasen los años, sigue sien­do la más lin­da de todas y que hoy se encuen­tra total­men­te pavi­men­ta­da. Algo que en otros tiem­pos pare­cía impo­si­ble, per­mi­tién­do­nos aho­ra tran­si­tar­la y con­tem­plar­la qui­tán­do­nos el alien­to a cada pal­mo con su infi­ni­ta belle­za.