Creó un instituto que lleva plantados más de dos millones de ejemplares. Su trabajo trascendió fronteras y es inspiración de nuevos proyectos que buscan revivir las tierras deforestadas para mejorar el ecosistema.

Él es un fotó­gra­fo socio­do­cu­men­tal y foto­rre­por­te­ro naci­do en Aimo­rés – Bra­sil. Ha via­ja­do a más de 100 paí­ses por sus pro­yec­tos foto­grá cos. Con­si­de­ra­do el mejor fotó­gra­fo de los comien­zos del siglo XXI, ha reci­bi­do nume­ro­sos pre­mios inter­na­cio­na­les. Pero su com­pro­mi­so con la socie­dad no que­da sólo ahí, refo­res­tó y devol­vió la vida al bos­que don­de cre­ció.
Era 1994, y aca­ba­ba de regre­sar de una misión perio­dís­ti­ca muy trau­má­ti­ca sobre el geno­ci­dio en Ruan­da para hacer­se car­go de las tie­rras de su fami­lia en Minas Gerais. Al regre­sar encon­tró que los árbo­les habían sido tala­dos y que la vida sal­va­je había des­apa­re­ci­do. Sola­men­te alre­de­dor de un 0,5% de la tie­rra esta­ba cubier­ta por árbo­les. En
ese momen­to él que­dó devas­ta­do. Enton­ces su espo­sa tuvo una gran idea, refo­res­tar el bos­que. Y al hacer­lo, los insec­tos, pája­ros y peces regre­sa­ron; el bos­que vol­vió a la vida. Allí Sal­ga­do y su fami­lia esta­ble­cie­ron
el Ins­ti­tu­to Terra y lle­van plan­ta­dos más de 2 millo­nes de árbo­les, trans­for­man­do el ambien­te. Al hacer­lo, encon­tró una res­pues­ta al cam­bio cli­má­ti­co, como así tam­bién ins­pi­ra­ción crea­ti­va.
Hay un solo ser que pue­de trans­for­mar el CO2 en oxí­geno para poder dete­ner el cam­bio cli­má­ti­co, un árbol. Por esta razón se nece­si­tan bos­ques de árbo­les nati­vos; no es un pro­ce­so sen­ci­llo, se nece­si­ta reco­ger las semi­llas en la mis­ma región que se plan­tan. Y si se plan­tan árbo­les en bos­ques a los que no per­te­ne­cen, los ani­ma­les no ven­drán y el bos­que esta­rá en silen­cio. Es por eso que se debe lle­var un tra­ba­jo con­ti­nuo y a lar­go pla­zo por el bien de todos.

Cooperar para salvar al mundo

Sebas­tião unió esfuer­zos para pro­mo­ver la refo­res­ta­ción de espe­cies nati­vas con dos obis­pos pro­ce­den­tes de las zonas más pobres del con­ti­nen­te negro, Tan­za­nia y Ugan­da.
El Obis­po Fre­drick Shoo, apo­da­do el obis­po árbol, vive a los pies del Mon­te Kili­man­ja­ro en Tan­za­nia. Su dió­ce­sis ha sido devas­ta­da por la dis­mi­nu­ción cons­tan­te de las llu­vias, la degra­da­ción del sue­lo y los ríos. Se cree que esto está rela­cio­na­do con los cam­pos de nie­ve y gla­cia­res en dis­mi­nu­ción en la mon­ta­ña más alta de Áfri­ca y con los bos­ques seria­men­te degra­da­dos que han sido tala­dos para cul­ti­vos o para hacer car­bón vege­tal.
Hoy movi­li­zan a la comu­ni­dad, espe­cial­men­te a la juven­tud y los miem­bros de la igle­sia, para que plan­ten la mayor can­ti­dad posi­ble de árbo­les. Afor­tu­na­da­men­te gra­cias al esfuer­zo rea­li­za­do han podi­do revi­vir miles de hec­tá­reas asu anti­guo esta­do, pero aún que­da mucho tra­ba­jo por hacer.
Hacia el nor­te de esta región, un obis­po angli­cano de Bun­yo­ro Kita­ra, tra­ba­ja en los dis­tri­tos de Ugan­da occi­den­tal quie­nes pre­sen­tan una reali­dad simi­lar a la que se vive en Tan­za­nia. La reali­dad del cam­bio cli­má­ti­co es que a quie­nes más gol­pea es a los pobres y vul­ne­ra­bles. Los deja entre dos opcio­nes: la super­vi­ven­cia o el desa­rro­llo. La gen­te no tie­ne opción, más que talar un árbol para lle­var de comer a su mesa. Es por esta razón que las per­so­nas han apro­ve­cha­do los árbo­les, inva­dien­do ade­más hume­da­les y ríos.
Es por eso que Kya­many­wa comen­zó a plan­tar árbo­les para revi­vir la tie­rra hace un poco más de 10 años. Orga­ni­zan­do a muje­res y jóve­nes empe­za­ron a cul­ti­var sin sus­tan­cias quí­mi­cas, cons­tru­ye­ron escue­las eco­ló­gi­cas para ense­ñar­les a los niños y plan­ta­ron árbo­les en 19 hec­tá­reas de tie­rra de la igle­sia, a modo de ejem­plo. de esta mane­ra con­ven­cie­ron a otros para que se unie­ran. Hoy la gen­te pue­de ver
el impac­to de la plan­ta­ción de árbo­les. A medi­da que regre­san los árbo­les, mejo­ran las llu­vias y cuan­do hay tor­men­tas, no arra­san más las pobla­cio­nes. Los ani­ma­les y la vida sal­va­je están de regre­so. La gen­te se sien­te mejor. Todo cre­ce.
Los seres huma­nos, no somos indis­pen­sa­bles. Si des­apa­re­ce­mos, la natu­ra­le­za con­ti­nua­rá, pero si la natu­ra­le­za des­apa­re- ce, enton­ces nin­guno de noso­tros sobre­vi­vi­rá. Es por este moti­vo que es tan impor­tan­te difun­dir estas accio­nes y empe­zar a cola­bo­rar para que no que­den sola­men­te ahí, de noso­tros depen­de el futu­ro de la Huma­ni­dad.