Mar­ce­lo Gil le dicen el Fla­co. Aun­que que fue un niño tími­do, hoy es un tipo extro­ver­ti­do y sim­pá­ti­co. Tie­ne un sen­ti­do del humor admi­ra­ble: bas­ta inter­cam­biar unas pala­bras para dar­se cuen­ta que bien podría ser stan­du­pe­ro. Mar­ce­lo nos reci­be en su casa; pre­pa­ra el café y ofre­ce alfa­jor­ci­tos de mai­ce­na. Se pres­ta a la char­la con la cali­dez pro­pia de la gen­te ami­ga. Com­par­te sus ocu­rren­cias, así como si nada: “¿Sabés con quién me con­fun­den, siem­pre? ¡Con Favio Pos­ca!”.

¿Y vos qué hacés? Digo, la con­fu­sión tie­ne sus bene­fi­cios…

A veces, cuan­do noto que comien­zan a mirar­me, me ade­lan­to y les anti­ci­po: ‘No te gas­tes, no soy. No soy’ (ríe)”.

En la pri­me­ra mitad del día, el Fla­co es eco­no­mis­ta; ocu­pa el car­go de Jefe de Finan­zas de Soda La Alian­za, empre­sa fami­liar. En la segun­da, prac­ti­ca squash y se dedi­ca de lleno a la músi­ca: com­po­ne, estu­dia gui­ta­rra, ensa­ya sus can­cio­nes. Y en esa dua­li­dad, ase­gu­ra, no hay con­flic­to: “El músi­co y el con­ta­dor está con­vi­vien­do. Aun­que uno le saca más ven­ta­ja al otro, se lle­van bien. En el fon­do soy un con­ser­va­dor. Tal vez es exa­ge­ra­do decir­lo pero la músi­ca me sal­vó; me per­mi­te vivir de otra mane­ra: sua­vi­za la locu­ra de ser eco­no­mis­ta”.

Para el Fla­co, la músi­ca sig­ni­fi­có reorien­tar su brú­ju­la inter­na hacia la feli­ci­dad. Y eso pasó cuan­do cum­plió los 30. De allí los nom­bres de sus dos dis­cos “Otra vida” (2017) que tran­si­ta por ver­sio­nes iné­di­tas de artis­tas popu­la­res y temas de com­po­si­ción pro­pia; y “Te encon­tré” (2018), en don­de mues­tra con cre­ces su face­ta com­po­si­ti­va.

Cuan­do comen­cé a can­tar meló­di­co casi nadie escu­cha­ba a San­dro. No me mpor­tó por­que era lo que me emo­cio­na­ba. El pre­jui­cio es de los demás. Es impo­si­ble, es una men­ti­ra, can­tar algo que no sen­tís.

Este nue­vo álbum, recien­te­men­te lan­za­do y dis­po­ni­ble en todas las pla­ta­for­mas digi­ta­les,  sonó en vivo a fines de mayo, en la Nave Cul­tu­ral. El Fla­co lo recuer­da como si fue­ra hoy: “Toda­vía estoy flo­tan­do. El show salió tre­men­do, muy lin­do, a sala lle­na. Hubo mucho ensa­yo pre­vio, lo venía­mos pre­pa­ran­do des­de setiem­bre del año pasa­do. Y eso se vio”.

En el Fla­co es un can­tan­te des­pre­jui­cia­do. Con la mis­ma sol­tu­ra abor­da el meló­di­co, el pop y has­ta el reg­gae­tón. Y solo can­ta lo que le emo­cio­na.

¿Qué estu­vo pri­me­ro: la músi­ca o el ‘deber-ser’?

Sabés que no sé… Creo que muchas veces uno se man­da solo y supo­ne que hay un man­da­to detrás. Si hubo algu­na exi­gen­cia de mis padres nun­ca fui rebel­de como para no cum­plir­la; yo qui­se cum­plir sus expec­ta­ti­vas. No dije “Quie­ro ser músi­co”.

¿Cuál fue tu pri­me­ra apro­xi­ma­ción, enton­ces?

Cuan­do tenía 10 años me des­cu­brie­ron en el coro del cole­gio Tomás Godoy Cruz y de ahí comen­cé a ser solis­ta. Un día hicie­ron una selec­ción para los Niños Can­to­res de Men­do­za y tam­bién que­dé en ese rol; un poco des­pués me suma­ron a los Niños Can­to­res de la UNCu­yo. La acti­vi­dad coral es exi­gen­te como el ballet: esos años me seca­ron la niñez (ríe) pero me die­ron la téc­ni­ca. Tres años más tar­de ingre­sé al secun­da­rio y tam­bién fui coreu­ta. ¡La músi­ca me esta­ba per­si­guien­do!´

Como en la pelí­cu­la “Des­tino Final”…

El pro­ble­ma fue que como toda­vía no me cam­bia­ba la voz yo era soprano en un coro mix­to. Ese fue el últi­mo año que sopor­té el coro (ríe). Es gra­cio­so pero es tre­men­do: ¡ima­gí­na­te cuán­tos años de tera­pia me cos­tó esto! Has­ta ahí lle­gué. No can­té nun­ca más has­ta los 30.

Bueno, al menos ya te había cam­bia­do la voz…

(Ríe) Pero antes era muy tími­do. Por esos años, la expo­si­ción era una tor­tu­ra.

¿Cómo supe­ras­te esa timi­dez?

Creo que con los años. En algún momen­to me di cuen­ta que la esta­ba pasan­do muy mal y ya tenía un desa­rro­llo men­tal que me per­mi­tie­ra hacer algo con eso. Cuan­do entré a la uni­ver­si­dad hice un clic y me pasé para el otro lado; me fui al cara­jo: aho­ra me ponés un micró­fono y hablo que lo quie­ras. Es algo que me sale natu­ral­men­te. Y pen­sar que pasé tan­tos años sufrien­do…

¿Y qué te hizo vol­ver a la gui­ta­rra?

Vol­ví des­pués de mi divor­cio. Vis­te que al divor­ciar­se uno vuel­ve a hacer todo lo que dejó cuan­do estu­vo de novio o casa­do. No por­que la pare­ja te con­di­cio­ne si no por­que uno cam­bia la ruti­na. Tam­bién vol­ví al depor­te.

¿Sos depor­tis­ta tam­bién?

Sí, super depor­tis­ta e hiper­ac­ti­vo; hago dos horas de entre­na­mien­to dia­rias. Jue­go al squash.

Es un depor­te bien par­ti­cu­lar…

Sí, es un depor­te re chi­qui­to, que no es popu­lar. Unas 350 per­so­nas lo deben prac­ti­car en todo Men­do­za. Solo pue­de prac­ti­car­se en tres clu­bes (Gim­na­sia y Esgri­ma, el ACA de Cha­cras y en la Sex­ta Sec­ción); inclu­so esta­mos tra­tan­do de hacer ges­tio­nes para que se visi­bi­li­ce.

Pode­mos decir, que a esta altu­ra del par­ti­do sos un tipo extro­ver­ti­do y excén­tri­co.

(Ríe)…

¿Qué pasó cuan­do vol­vis­te a can­tar?

Me conec­té con la músi­ca des­de otro lugar y con otra madu­rez. Con un poco de vida trans­cu­rri­da… en algún momen­to del tran­ce que sig­ni­fi­ca salir de un divor­cio, se me ocu­rrió can­tar en un cum­plea­ños. Y lo hice. Ese día me tem­bla­ban tan­to los dedos que no podía ni pisar las cuer­das. Era la pri­me­ra vez que me enfren­ta­ba al públi­co y lo ele­gía. Fue tal la exci­ta­ción que tenía que no podía dor­mir. ¡Cómo no lo había des­cu­bier­to antes! Sin embar­go tam­po­co pen­sa­ba hacer nada con eso.

Pero…

Pero mis ami­gos comen­za­ron a lla­mar­me para que can­ta­ra en cum­plea­ños o en casa­mien­tos de segun­das nup­cias; ya está­ba­mos en esa eta­pa. Has­ta que apa­re­ció el pri­mer des­co­no­ci­do. Por enton­ces ya había enten­di­do que me encan­ta­ba estar arri­ba del esce­na­rio. Y des­de ahí no paré.

¿Tu pri­mer dis­co, “Otra vida”, refle­ja ese timo­na­zo?

Es todo eso: el divor­cio, la deci­sión de no vol­ver más a cier­tos luga­res, el comien­zo de algo nue­vo. El dis­co comen­zó de una mane­ra y ter­mi­nó de otra: fue del meló­di­co al pop. Como esta­ba en la diná­mi­ca de tocar covers en bares y fies­tas, deci­dí hacer ver­sio­nes poco cono­ci­das de artis­tas popu­la­res. En el medio de ese pro­ce­so, comen­cé a com­po­ner; por eso el dis­co tie­ne tres temas de mi auto­ría. Para el segun­do dis­co, “Te encon­tré”, ya tenía 15 maque­tas de temas pro­pios, que van por el lado del pop.

El pop es un géne­ro feliz.

Es un géne­ro liviano, tie­ne que ver con his­to­rias y acor­des sen­ci­llos, y rit­mos agra­da­bles.

Te ani­mas­te al reg­gae­tón, tam­bién.

Hici­mos un reg­gae­tón meló­di­co (el Fla­co pone el tema en su celu­lar, lo va can­tan­do y con­tan­do).

¿Cómo te lle­vás con los pre­jui­cios que car­gan estos géne­ros?

Cuan­do comen­cé a can­tar meló­di­co casi nadie escu­cha­ba a San­dro. No me impor­tó por­que era lo que me emo­cio­na­ba. El pre­jui­cio es de los demás. Es impo­si­ble, es una men­ti­ra, can­tar algo que no sen­tís.

Des­pués de reen­con­trar­te con la músi­ca, ¿aban­do­nas­te la eco­no­mía?

El músi­co y el con­ta­dor están con­vi­vien­do. Aun­que uno le saca más ven­ta­ja al otro, se lle­van bien. En el fon­do soy un con­ser­va­dor. Tal vez es exa­ge­ra­do decir­lo pero la músi­ca me sal­vó; me per­mi­te vivir de otra mane­ra: sua­vi­za la locu­ra de ser eco­no­mis­ta.

La músi­ca, enton­ces, te sanó.

Defi­ni­ti­va­men­te la músi­ca me sanó. Me puso en un lugar que me da feli­ci­dad y en el que debo ser agra­de­ci­do.

Escu­cha­lo en Spo­tify, Itu­nes, Dee­zer, Ama­zon y Goo­gle Play Music.

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