Un prohom­bre. Para­dig­má­ti­co. Con con­sig­nas de héroe y vien­tos mito­ló­gi­cos. Un filán­tro­po que com­ba­te para rom­per lo esta­ble­ci­do. Inge­nie­ro, inven­tor, físi­co, empre­sa­rio, per­so­na­lis­ta, mega­ló­mano, caris­má­ti­co, bri­llan­te, crea­ti­vo, audaz, empren­de­dor, arro­gan­te, capri­cho­so e intui­ti­vo. Dise­ña techos sola­res para que cada casa se auto­abas­tez­ca de ener­gía. Pla­nea la explo­ra­ción inter­pla­ne­ta­ria tri­pu­la­da: quie­re colo­ni­zar mar­te. Coman­da la empre­sa que lide­ra la revo­lu­ción y la demo­cra­ti­za­ción de la tec­no­lo­gía al ser­vi­cio de la movi­li­dad. Elon Musk es el hom­bre que mien­tras sue­ña con cam­biar el mun­do, lo está cam­bian­do.

Can­di­da­to a ejer­cer el lega­do de Henry Ford, Bill Gates y Ste­ve Jobs, es un idea­lis­ta del sue­ño ame­ri­cano. Nació en Pre­to­ria, Sudá­fri­ca, en 1971, hijo de un padre inge­nie­ro sud­afri­cano y de una madre nutri­cio­nis­ta cana­dien­se. El 25 de enero de 2015 más de 3,3 millo­nes de tele­vi­den­tes vie­ron “The Musk Who Fell to Earth” –el Musk que cayó en la tie­rra-, un epi­so­dio de Los Sim­psons en el que el Sr. Burns inten­ta­ba matar a Elon Musk enoja­do por haber per­di­do toda su inver­sión. Fue el pro­gra­ma más vis­to de Fox ese día. Elon Musk tenía 45 años y una voca­ción obs­ti­na­da: era capaz de tole­rar con Tes­la Motors, y su misión de masi­fi­car la pro­pul­sión eco­ló­gi­ca, pér­di­das tri­mes­tra­les millo­na­rias.

Reci­bió su pri­me­ra compu­tado­ra a los diez años, apren­dió a deco­di­fi­car­la, a escri­bir su pro­pio códi­go de pro­gra­ma­ción y dos años des­pués creó y ven­dió Blas­ter, un jue­go de compu­tado­ra simi­lar a Spa­ce Inva­ders, por 500 dóla­res.

Había una razón fun­da­da en ese sacri­fi­cio eco­nó­mi­co. Al mis­mo tiem­po que regis­tra­ba défi­cit neto de 793 millo­nes de euros, el tri­ple de las con­ta­bi­li­za­das en el ejer­ci­cio ante­rior, mul­ti­pli­ca­ba su inver­sión y su coti­za­ción en accio­nes se dis­pa­ra­ba. El secre­to de su éxi­to se paga­ba en con­cep­tos abs­trac­tos: la gen­te le cree y con­fía en su intui­ción, aun­que Tes­la Motors sea defi­ci­ta­ria. Es par­te del encan­to de Elon Musk: miles de millo­nes de dóla­res, mag­ne­tis­mo, excen­tri­ci­dad, hones­ti­dad, dedi­ca­ción, com­pro­mi­so y visio­nes pro­gre­sis­tas en la apli­ca­ción de nue­vos para­dig­mas ambien­ta­les. Su ima­gen bro­tó tras apa­ri­cio­nes mediá­ti­cas en las pan­ta­llas: en 2010 reali­zó un cameo en Iron Man 2 y en 2015 hizo de sí mis­mo en la serie The Big Bang Theory.

Sus últi­mas acti­vi­da­des en las redes socia­les reve­lan reta­zos de su per­so­na­li­dad. Bria, una niña de diez años que cree que Musk es inte­li­gen­te y ami­ga­ble con la natu­ra­le­za, le escri­bió una car­ta incen­ti­ván­do­lo a pro­mo­cio­nar mejor sus auto­mó­vi­les: “Le escri­bo por­que me gus­ta­ría hacer una suge­ren­cia para su com­pa­ñía. Noté que no tie­nen publi­ci­dad, pero mucha gen­te hace comer­cia­les case­ros para Tes­la y algu­nos de ellos son bue­nos, se ven pro­fe­sio­na­les y son entre­te­ni­dos”. A los pocos días, Tes­la anun­ció el “Pro­yec­to Love­day”, un con­cur­so en el que cual­quier usua­rio pue­de armar un comer­cial de 90 segun­dos, subir­lo a You­Tu­be y par­ti­ci­par.

La carre­ra meteó­ri­ca del actual gurú de la inno­va­ción glo­bal mere­ce reca­pi­tu­la­ción y seg­men­ta­ción cro­no­ló­gi­ca. Devo­ra­dor de comics y nove­las de cien­cia fic­ción, intere­sa­do en la bio­gra­fía y biblio­gra­fía de cien­tí­fi­cos e inven­to­res, reci­bió su pri­me­ra compu­tado­ra a los diez años: una Com­mo­do­re VIC-20, un micro­compu­tador domés­ti­co de 1980, de 8 bit y con 5 KB de memo­ria. Apren­dió a deco­di­fi­car­la y a escri­bir su pro­pio códi­go de pro­gra­ma­ción. Era un auto­di­dac­ta voraz. Dos años des­pués creó y ven­dió Blas­ter, un jue­go de compu­tado­ra simi­lar a Spa­ce Inva­ders, por 500 dóla­res.

La ado­les­cen­cia lo sor­pren­dió curio­so e inquie­to. Aman­te de las teo­rías y refle­xio­nes de Nietz­sche y Scho­penh­hauer, su ambi­ción entró en con­flic­to con su hori­zon­te. Tenía 17 años, un espí­ri­tu acti­vo, padres en vías de sepa­ra­ción y la nece­si­dad de huir del ser­vi­cio mili­tar obli­ga­to­rio. “Ser­vir en el ejér­ci­to sud­afri­cano para repri­mir a la gen­te negra no me pare­ció una bue­na for­ma de emplear mi tiem­po”, iro­ni­zó. Emi­gró al con­ti­nen­te nor­te­ame­ri­cano: pri­me­ro a Cana­dá y lue­go a Esta­dos Uni­dos, ahí “don­de las gran­des cosas son posi­bles”, adi­vi­nó.

Se gra­duó -beca­do- en la Uni­ver­si­dad de Pen­sil­va­nia en Admi­nis­tra­ción de Empresas y Físi­ca. “Que­ría estar invo­lu­cra­do en ideas que cam­bia­ran el mun­do”, recor­dó de sus épo­cas de estu­dio. Como cuan­do de niño pro­ba­ba a sus padres con pre­gun­tas exis­ten­cia­les, a sus pro­fe­so­res y com­pa­ñe­ros de carre­ra solía pre­gun­tar­les “¿cuá­les son las tres cosas que ten­drán mayor impac­to en el futu­ro de la huma­ni­dad?”. Musk creía que Inter­net era a la socie­dad lo que el sis­te­ma ner­vio­so al humano. Corría 1995 y aspi­ra­ba alto: soña­ba con tra­ba­jar en AOL, la com­pa­ñía más can­den­te del momen­to. A pesar de su per­sis­ten­cia, no lo con­tra­ta­ron.

Con ape­nas dos mil dóla­res de finan­cia­ción, fun­dó la star­tup Zip2 jun­to a su her­mano Kim­bal, una de las pri­me­ras com­pa­ñías en ofre­cer con­te­ni­do vía onli­ne. Se ins­ta­ló en la zona de San Fran­cis­co. Vivía y comía en los mis­mos metros cua­dra­dos. Se baña­ba en las ins­ta­la­cio­nes del esta­dio muni­ci­pal. Había cons­trui­do una pla­ta­for­ma para que medios de comu­ni­ca­ción le ofrez­can a sus clien­tes ser­vi­cios comer­cia­les adi­cio­na­les. Zip2 con­si­guió rápi­do a The New York Times. Le ven­dió mapas y con­te­ni­dos. En 1999, Alta­vis­ta, divi­sión onli­ne de la empre­sa Com­pact, com­pró la star­tup de los Musk por más de 300 millo­nes de dóla­res. La inver­sión ini­cial -vale la repe­ti­ción- había sido de dos mil dóla­res.

La máqui­na de hacer dine­ro de Elon Musk nece­si­ta­ba más dine­ro. Con esos millo­nes creó X.com, un revo­lu­cio­na­rio sis­te­ma de pago elec­tró­ni­co que lue­go sería renom­bra­do a Pay­Pal. Pio­ne­ra en con­cep­to de e-com­mer­ce, agi­li­zó el comer­cio onli­ne al pun­to de con­ver­tir­se en la prin­ci­pal pla­ta­for­ma de tran­sac­cio­nes digi­ta­les. En 2002, eBay com­pró la com­pa­ñía por 1.500 millo­nes de dóla­res. Musk tenía 31 años, sie­te vera­nos en el cora­zón geek de Sili­con Valley, un com­pro­mi­so poten­cia­do y sufi­cien­te for­tu­na para sol­ven­tar el pro­pó­si­to de su vida: cam­biar el mun­do.

Musk tam­bién está tra­ba­jan­do en Hyper­loop, el ser­vi­cio de movi­li­dad en cáp­su­las a tra­vés de tubos de aire bajo pre­sión que pre­ten­den unir, por ejem­plo, Capi­tal Fede­ral y Mar del Pla­ta en 20 minu­tos.

Por eso es direc­tor eje­cu­ti­vo y CTO de Spa­ceX, pre­si­den­te de Solar­City y direc­tor eje­cu­ti­vo de Tes­la Motors. Spa­ce X cons­tru­ye cohe­tes eco­nó­mi­cos y trans­bor­da­do­res que per­mi­ten via­jar al espa­cio en cla­se turis­ta. Pro­me­te para el año pró­xi­mo lle­var a la NASA a pasear por la Luna y augu­ró su final fue­ra de la Tie­rra. “Me gus­ta­ría morir en Mar­te, pero no en el impac­to”, dijo. Solar City es el mayor pro­vee­dor de pane­les para gene­rar ener­gía solar de los Esta­dos Uni­dos, valo­ra­da por sus prin­ci­pios de auto­no­mía eco­nó­mi­ca

y su sen­si­bi­li­dad con el medio ambien­te. Tes­la Motors es, qui­zá, su bien más pre­cia­do. La com­pa­ñía más inno­va­do­ra del mun­do, según los medios espe­cia­li­za­dos.

La idea de Musk para la indus­tria auto­mo­triz no era crear una mar­ca más de coches, sino carac­te­ri­zar­se por fabri­car unos coches eléc­tri­cos e “inte­li­gen­tes”.

En mar­zo de 2016, pre­sen­tó el Tes­la Model 3, el “best-seller” más gran­de de las pre-órde­nes de la indus­tria auto­mo­triz. Es el auto que mejor expre­sa el méto­do Tes­la. Su pre­cio de 35 mil dóla­res demo­cra­ti­zó el mer­ca­do de los autos eléc­tri­cos. A la sema­na de su lan­za­mien­to, regis­tra­ba más de 350.000 soli­ci­tu­des de com­pra: la mitad de los autos que se ven­die­ron en Argen­ti­na en 2017 por un mode­lo que recién se entre­ga­ría a fina­les de ese año. Tes­la alte­ra el para­dig­ma de la com­bus­tión fósil masi­fi­can­do la pro­pul­sión alter­na­ti­va con garan­tía de efi­cien­cia y depor­ti­vi­dad, y bre­ga por apli­car la inte­li­gen­cia arti­fi­cial al modo de con­duc­ción. El Auto­pi­lot 2.0 desa­rro­lla el nivel de auto­no­mía com­ple­ta nivel 5: un ser­vi­cio autó­no­mo que por­ta­rán des­de 2018 todos sus mode­los de fábri­ca. Tes­la es más que un nego­cio. Es una filo­so­fía. Un mode­lo 2012 reci­be actua­li­za­cio­nes gra­tui­tas perió­di­cas del soft­wa­re del vehícu­lo. Un ser­vi­cio tec­no­ló­gi­co que rein­ter­pre­ta el con­cep­to de edad de un auto­mó­vil.

Spa­ce X cons­tru­ye cohe­tes eco­nó­mi­cos y trans­bor­da­do­res que per­mi­ten via­jar al espa­cio en cla­se turis­ta. Pro­me­te para el año pró­xi­mo lle­var a la NASA a pasear por la Luna y augu­ró su final fue­ra de la Tie­rra.

Me gus­ta­ría morir en Mar­te, pero no en el impac­to”, dijo.

Según la revis­ta For­bes, es la per­so­na 88 más rica del mun­do. Osten­ta una for­tu­na esti­ma­da en 13,8 mil millo­nes de dóla­res e inte­gra el top diez de ricos que se hicie­ron millo­na­rios a más cor­ta edad. Elon Musk, sin embar­go, tra­ba­ja cien horas por sema­na. Es un jefe obse­si­vo y exi­gen­te. Se hizo céle­bre una fra­se en diá­lo­go con sus emplea­dos que resu­me una for­ma de vida: “No veo a muchos de uste­des tra­ba­jan­do los sába­dos”.

Elon Musk cree en la cien­cia como red de filan­tro­pía. Su fun­da­ción, Musk Foun­da­tion, se dedi­ca a la edu­ca­ción cien­tí­fi­ca, salud pediá­tri­ca y ener­gía lim­pia. Sus intere­ses sub­ya­cen­tes son bien reci­bi­dos por la huma­ni­dad: el com­ba­te con­tra el cam­bio cli­má­ti­co y la demo­cra­ti­za­ción de las bon­da­des tec­no­ló­gi­cas mul­ti­pli­can su empa­tía. Es la his­to­ria de un hom­bre para­dig­má­ti­co, un héroe vul­gar pos­mo­derno que defi­ni­ti­va­men­te alcan­zó su pro­pó­si­to y segui­rá hacién­do­lo: trans­for­mar la mane­ra en que cien­cia y huma­ni­dad se entre­cru­zan en la cons­truc­ción de una vida mejor en este mun­do… y en otros.

Camino a Marte

Hace pocos días, el CEO de Spa­ceX, Elon Musk, hizo his­to­ria cuan­do encen­dió en una pla­ta­for­ma expe­ri­men­tal los moto­res de su cohe­te espa­cial Fal­con Heavy, el más poten­te des­de que Saturno V lle­vó a los astro­nau­tas del Apo­lo a la luna. Cono­ci­do como el “cohe­te más pode­ro­so del mun­do”, el Fal­con Heavy está dise­ña­do para poder trans­por­tar algún día tri­pu­la­ción y mate­rial a des­ti­nos del espa­cio pro­fun­do como la Luna o Mar­te. La car­ga del Heavy era el Tes­la depor­ti­vo de Musk, un auto de lujo de 100,000 dóla­res, y su pasa­je­ro —un tra­je Spa­ceX vacío apo­da­do “Star­man”— que seis horas des­pués de su lan­za­mien­to se colo­ca­ba en una órbi­ta elíp­ti­ca alre­de­dor del Sol que le per­mi­ti­rá tener algu­nos encuen­tros cer­ca­nos con Mar­te.

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