Cuan­do pen­sa­mos en la Rivie­ra Maya (en la penín­su­la de Yuca­tán al nores­te de Méxi­co), inme­dia­ta­men­te se for­ma en nues­tra men­te una foto­gra­fía, un cons­truc­to ya ins­ta­la­do en el ima­gi­na­rio social que es pro­duc­to de años de con­su­mo de publi­ci­da­des y esce­nas cli­ché de pelí­cu­las: la pla­ya de are­na blan­ca, el agua tur­que­sa y cris­ta­li­na, y una pal­me­ra que se recli­na como que­rien­do alcan­zar el mar con sus ver­des y finos dedos… Sí: todo es así. Pero afor­tu­na­da­men­te, vivir la Rivie­ra Maya es muchí­si­mo más. Para quien la haya visi­ta­do, esto no es un secre­to: es un lugar para vol­ver una y mil veces.

Des­de Isla Blan­ca en el nor­te has­ta Pun­ta Allen en el sur, la Rivie­ra se extien­de a lo lar­go del lito­ral mexi­cano sobre la cos­ta del mar Cari­be, des­ple­gan­do 140 kiló­me­tros de pla­yas increí­bles que exce­den la sim­ple pos­tal a la que las empre­sas de turis­mo nos tie­nen acos­tum­bra­dos. “Lle­ná tus ojos de asom­bro”, escri­bió Brad­bury y bien podría haber esta­do hablan­do de este paraí­so.

En esta nota, te pro­po­ne­mos un via­je para que pue­das dis­fru­tar todas las sen­sa­cio­nes que este des­tino des­pier­ta.

Sabo­res

Hablar de la comi­da mexi­ca­na es hablar del mis­mí­si­mo éxta­sis culi­na­rio, razón por la que la UNESCO la ha decla­ra­do Patri­mo­nio Cul­tu­ral Intan­gi­ble de la Huma­ni­dad. Empe­zar el día con unos chi­la­qui­les con sal­sa roja o ver­de (o las dos) es empe­zar con el pie dere­cho. Aque­llos que le tie­ne mie­do al pican­te pue­den ir sacu­dién­do­se el temor: pocas veces sir­ven algo pican­te sin pre­gun­tar pre­via­men­te, y de por sí los res­tau­ran­tes turís­ti­cos no se exce­de­rán con este recur­so.

Por  otro lado, un poco de valor no está de más… la gama de sabo­res nue­vos que se expe­ri­men­tan abre un pano­ra­ma a nues­tro pala­dar. Las sal­sas abun­dan, las ensa­la­das con com­bi­na­cio­nes mági­cas y fres­cas son una deli­cia; ade­más de los infal­ta­bles los pla­tos típi­cos.

Te reco­men­da­mos pro­bar los mun­dial­men­te famo­sos tacos, que son bási­ca­men­te tor­ti­llas de maíz (una vez que las pro­bás, no vas a dejar de bus­car ese sabor en todas las tor­ti­llas que comas por el res­to de tu vida), relle­nas con pollo o cual­quier otra varie­dad de car­ne con chi­les y más ingre­dien­tes. Las faji­tas, burri­tos y enchi­la­das pue­den pare­cer ver­sio­nes del taco muy simi­la­res. Pero, para los cono­ce­do­res, la dife­ren­cia está en los deta­lles de las coc­cio­nes o en la incor­po­ra­ción de algu­nos ingre­dien­tes (como los fri­jo­les fri­tos en los burri­tos).

Otro pla­to que se luce en las coci­nas mexi­ca­nas son los pozo­les, sopas hechas a base de un tipo con­cre­to de maíz cono­ci­do como cacahua­zintle, a la que se le aña­de car­ne de cer­do o pollo como ingre­dien­te com­ple­men­ta­rio.

El mole es una de las pre­pa­ra­cio­nes más exó­ti­cas y se carac­te­ri­za por con­tar siem­pre con diver­sos tipos de chi­le, cacao, espe­cies aro­má­ti­cas bas­tan­te fuer­tes y semi­llas entre sus ingre­dien­tes, que son moli­dos en meta­tes o mor­te­ros de pie­dra. Esta sal­sa acom­pa­ña a algu­na car­ne.

Tex­tu­ras

En Méxi­co la piel absor­be todo lo que nece­si­ta para reno­var­se com­ple­ta­men­te. En dosis jus­ta, sol es una inyec­ción de ener­gía que se sien­te de inme­dia­to. Como los lagar­tos que super­pue­blan la cos­ta mexi­ca­na, a medi­da que pasan los días nues­tra piel tam­bién va mutan­do de color y de tex­tu­ra.

Con una tem­pe­ra­tu­ra pro­me­dio de 26°C, en este paraí­so de Méxi­co siem­pre es verano. Cual­quier épo­ca del año es apro­pia­da para ir, el calor pue­de resul­tar un poco ago­bian­te duran­te los meses esti­va­les (junio, julio y agos­to). ¿Una reco­men­da­ción? Evi­tar la tem­po­ra­da de llu­via (sep­tiem­bre, octu­bre y noviem­bre).

A pocos minu­tos de la cali­dez de la cos­ta, los ceno­tes abren sus ojos de agua dul­ce y fría, inma­cu­la­da, de una niti­dez y quie­tud que se sien­te en el cuer­po. Estas míti­cas depre­sio­nes geo­ló­gi­cas, ate­so­ran millo­nes de años de his­to­ria -su crea­ción se remon­ta a la últi­ma Era del Hie­lo- y son, per­cep­ti­va­men­te, un reman­so de paz. Algu­nos de los más visi­ta­dos son: Taj Mahal, Dos Ojos, Ik Kil (a 2 horas de Pla­ya del Car­men), Azul, y Chac Mool. Si que­rés apro­ve­char el tiem­po y visi­tar varios ceno­tes en un mis­mo día, exis­ten empre­sas espe­cia­li­za­das que te ofre­cen un tour.

En la cos­ta tam­bién se sien­ten los bene­fi­cios del aire marino. A dife­ren­cia de Men­do­za, en don­de la seque­dad y los mine­ra­les del agua que con­su­mi­mos a dia­rio tie­ne un efec­to nega­ti­vo en nues­tra piel y cabe­llo, en la Rivie­ra, la hume­dad y el agua mexi­ca­na ofi­cian de humec­tan­tes cor­po­ra­les -por no men­cio­nar una obvie­dad: unas bue­nas vaca­cio­nes siem­pre nos reju­ve­ne­cen, nos rela­jan y nos ale­gran, todo lo cual soma­ti­za en nues­tra pre­cio­sa der­mis, dán­do­le lumi­no­si­dad-.

Otra mara­vi­lla para nues­tro tac­to es la are­na de las pla­yas. Sua­ve y fina, como hari­na, su agra­da­ble super­fi­cie blan­ca nos da la bien­ve­ni­da. En la Rivie­ra, la are­na no que­ma: su tem­pe­ra­tu­ra, ideal para lar­gas cami­na­tas des­cal­zos, armo­ni­za con la fres­cu­ra tem­pla­da del mar. Y algo más: la are­na tam­bién fun­cio­na como exfo­lian­te. ¿Qué pue­de ser mejor?

Soni­dos

¡Esta­mos hablan­do del Cari­be, seño­res! Aquí la músi­ca ale­gre nun­ca fal­ta. Una de los gran­des bene­fi­cios de la Rivie­ra Maya es que Pla­ya del Car­men, Can­cún o Tulum se carac­te­ri­zan por su vida noc­tur­na. ¿Uno de los cen­tros de atrac­ción turís­ti­cos más tra­di­cio­na­les? Coco Bon­go. Este popu­lar bar-dis­co­te­ca-show, con sedes en Can­cún y en Pla­ya del Car­men, man­tie­ne a su públi­co entre­te­ni­do con músi­ca inter­na­cio­nal cool (clá­si­cos del rock, reg­gae­tón, elec­tró­ni­ca, pop) y espec­tácu­los acro­bá­ti­cos y de revis­ta dig­nos de Las Vegas. Para mayo­res de edad, de todas las gene­ra­cio­nes.

Pai­sa­jes

Defi­ni­ti­va­men­te en la Rivie­ra cam­bia nues­tra for­ma de mirar. En este pri­vi­le­gia­do sitio se encuen­tra la segun­da barre­ra cora­li­na más gran­de del mun­do, el lla­ma­do Gran Arre­ci­fe Maya, que se extien­de a lo lar­go de la cos­ta cari­be­ña de Méxi­co, Beli­ce, Gua­te­ma­la y Hon­du­ras.

El mejor lugar para bucear o prac­ti­car snor­kel es Cozu­mel (a 45 km en ferry de Pla­ya del Car­men), isla que está rodea­da por arre­ci­fes y don­de la visi­bi­li­dad de las aguas es prác­ti­ca­men­te inme­jo­ra­ble. Des­de allí se pue­den explo­rar las ver­ti­gi­no­sas pare­des ver­ti­ca­les de San­ta Rosa y San Fran­cis­co, reple­tas de for­ma­cio­nes de arre­ci­fes colo­ri­dos, de vida mari­na y de peces diver­sos. Tam­bién se encuen­tra el Museo Sub­acuá­ti­co de Arte con más de 500 escul­tu­ras bajo agua.

Cer­ca de Tulum, encon­tra­mos otra mara­vi­lla: la reser­va natu­ral Sian Ka’an (“Don­de nace el cie­lo”). Esta es la ter­ce­ra reser­va eco­ló­gi­ca más gran­de del país, y en sus 650 mil hec­tá­reas de terreno con­cen­tra al menos nue­ve eco­sis­te­mas dis­tin­tos. Es el lugar para quien quie­ra aden­trar­se en los encan­tos de la sel­va.

Otras visi­tas obli­ga­das son las rui­nas de Tulum (a 20 minu­tos de Pla­ya) y las de Chi­chen Itzá (a 2 horas), un pun­to de his­to­ria y cono­ci­mien­to sobre la civi­li­za­ción maya, cuya des­apa­ri­ción es aún un mis­te­rio para los cien­tí­fi­cos. 

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